martes, 13 de junio de 2017

SOBRE EL MANSPREADING Y OTRAS NUEVAS RELIGIONES


Somos parte imitación y parte originalidad, parte sentimiento y parte pensamiento, parte sensación y parte intuición, en diferentes proporciones según individuos (o arquetipos según Jung). Y es algo que marcará nuestra existencia, porque dependiendo de qué condicionantes predominen, acabaremos siendo en mayor medida el reflejo de nuestro entorno o el de nuestro propio criterio. Y aunque obviamente esto no puede considerarse un factor indefectible, la propia sociedad es la mejor muestra de que sí resulta relevante.

Hoy parece, ya sea por un desequilibrio en lo comentado facilitado por el desarrollo de las comunicaciones o porque cada día hay más personas que se sienten solas viviendo entre multitudes, que existe una tendencia a necesitar formar parte de algo en común, ya sea un equipo de fútbol, una confesión religiosa, un partido político o un movimiento social. El caso es formar parte del grupo y adquirir una identidad que no se es capaz de satisfacer a nivel individual. Una identidad común que puede llegar a anular el propio criterio.

Hay quien está perdiendo la objetividad hasta el extremo de que todo lo que hagan ‘los suyos’ es disculpable o defendible, y ni siquiera cuestionable por absurdo que sea. Y no hace falta llegar al extremo del muyahidin como ejemplo de alienación y fanatismo. En nuestras sociedades occidentales, y adaptados a nuestra cultura y circunstancias, también podemos encontrar casos preocupantes.

Esto del manspreading (despatarre masculino), como algunas otras de las denominaciones utilizadas por el incipiente fenómeno del hembrismo, contiene una carga de fanatismo más que preocupante y que no parece molestar en absoluto a la progresía nacional, poco dispuesta a criticar o analizar para acabar perdiendo uno de sus pocos nichos de diferenciación con la derecha.

Ya he comentado que vengo de una época en la que si habías nacido hombre y querías integrarte tenías que parecer un machote al uso, con todo lo que ello implicaba. Nada comparado con lo que hoy, afortunadamente, se puede vivir al respecto por más que todavía quede mucho por conquistar para que vivamos en sociedades con verdadera igualdad de género o tendencia. Y con esto quiero señalar que tengo muy claro que seguimos viviendo en una sociedad machista. Pero hay cosas que no tienen ningún sentido. Y acotar la mala educación a los hombres en una denominación es insultante, porque yo no he elegido nacer hombre, ni mi género es algo que tenga demasiado presente. Pero lo soy, y no soy ni zafio ni maleducado. O al menos intento no serlo por respeto a los demás.

Me parece alucinante que alguien sea tan obtuso como para hacer esta generalización excluyente. En cualquier caso, allá cada cual. Pero lo que sí me molesta especialmente es que un ayuntamiento, y valga para Nueva York, Tokio, Madrid o Alcalá de abajo, se preste a satisfacer las exigencias de un colectivo sin importar que, precisamente, la petición venga marcada por la discriminación.

No existe el manspreading. Lo que hoy sí hay a raudales es estupidez, falta de respeto, volubilidad, egoísmo, soberbia, despreocupación y mala educación. Y no solo por parte de las y los que ocupan más de un lugar en el transporte público. Ojalá nuestro problema fuera ese.

Y aparte de todo, quizá lo que hace falta además de que pensemos en los demás y que aprendamos a comunicarnos sin el móvil: “¿me permite?, es que voy a sentarme”, es unos asientos un poco más anchos en el transporte público. Y menos intolerancia.

Un texto de Paco Bello en Iniciativa Debate.

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