martes, 13 de junio de 2017

1917, EL NUEVO LIBRO DE FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY


Un texto de Salvador López Arnal:


Dirán que no soy la persona más adecuada para una aproximación o recomendación de este libro. De entrada, diría que no. Soy uno de los editores, al alimón con el profesor de la Facultad de Humanidades de la UPF, Jordi Mir Garcia, amigo y discípulo del autor. ¿Qué voy a decir pues pensarán? Elogios, elogios y más elogios.

Pues no. Digo lo que pienso a pesar de lo antes indicado: me alejo del ensayo todo lo que puedo, controlo mi pasión acrecentada por el autor y su obra, cojo la distancia adecuada y sostengo que estamos ante uno de los grandes libros de Francisco Fernández Buey (y ante un excelente ensayo sobre el tema). Su título (no es del autor claro, pero opino que no le hubiera disgustado): 1917. Variaciones sobre la revolución de octubre, su historia y sus consecuencias. Lo ha editado El Viejo Topo hace unos días. Acaba de llegar a las librerías. Recoge una buena parte de sus aproximaciones a la Revolución Octubre, un asunto político central en sus preocupaciones hasta el final de sus días.

¿Y por qué es un libro que vale la pena? ¿Por qué el esfuerzo de su lectura? Por multitud de motivos. Uno, si quieren, lateral: porque demuestra algo poco comentado cuando nos aproximamos a la obra del autor de Leyendo a Gramsci: su profundidad literaria, las fructíferas dimensiones, no siempre reconocidas como decía, de su faceta de crítico literario. ¿Exagero? No, ni una partícula subatómica, ni siquiera una supercuerda no contrastada. Lean, por ejemplo, su aproximación al Chavengur de Platónov, a las memorias de Rossana Rossanda o a La gran transición de Poch de Feliu. 


Otro motivo, más esencial si quieren: su vindicación, razonada y sentida, de la necesidad de un libro blanco del comunismo del siglo XX. Y no sólo su vindicación sino su misma realización, el inicio de esta tarea en común. Algunos de los escritos recogidos en el libro van en esa línea, un conjunto de textos, por cierto, que se inician en 1975 y finalizan en 2008, más de 30 años (la cita final con la que se cierra es del año de su fallecimiento, de una conversación mantenida con Jaume Botey).

Se abre 1917 con una cita que resume muy bien algunas de las principales tesis del estudioso de Marx, Lenin, Benjamin, Kraus, Brecht, Einstein y Weil. La siguiente: ¡está fechada en 1990, un año antes de la gran caída!
Aquella innatural creación de campesinos y soldados desesperados, teorizada y dirigida por marxistas y populistas revolucionarios, que habían entendido a Marx mucho mejor que todos los profesores y académicos de la Europa occidental juntos, no pudo superar sus defectos de partida. Empezó a morir de falta de democracia, como previera Rosa Luxemburg; continuó muriendo de burocratismo, como pronosticó Trotski; acabó consumida por el exceso estatalista, como sospecharon los otros. Mientras tanto, la socialdemocracia había entrado ya en crisis mucho antes.
Era, prosigue el el autor, una muerte anunciada, desde luego. Otras más.
Pero, como suele ocurrir, el paciente murió de lo que no se esperaba y cuando no se esperaba. Repasemos, por favor, lo que decíamos unos y otros, marxistas críticos, hace un par de años. O, si se prefiere, lo que decían gentes que hoy están en el poder en la Europa del Este, gentes como Dubcek o Havel, o como el propio Gorbachov. Unos y otros poníamos el acento en la revolución política, en la democratización que sienta las bases del auténtico socialismo, en la participación de las masas que barre a los burócratas. Y, sin embargo, ha sido en lo esencial una revolución pasiva en casi todas partes. Y, además, una "revolución" que por el momento no quiere ni oír pronunciar el nombre de socialismo (en Checoslovaquia, en Polonia, en Hungría, en la RDA; pronto en la URSS).
Transformismo de políticos e intelectuales y culto al mercado supuestamente libre, sostiene el autor de Marx (sin ismos) se imponen hoy sobre los ideales democráticos, libertarios y socialistas.
De manera que la satisfacción por el relativo acierto en el pronóstico queda velada, ensombrecida, por la sospecha en unos casos, y por la comprobación en otros, de que la nueva fase histórica que empieza en 1990 va a hacer difícil a los hombres que sigan luchando por la emancipación conservar el nombre de comunistas.
El fantasma, concluye el coautor de Ni tribunos [1], vuelve a recorrer el mundo.

El índice del libro, construido por los editores por supuesto, es el siguiente:
Presentación: "1917, a los ojos de un comunista democrático, lector de Platónov, que pensó siempre con su propia cabeza".
1. El doble poder de la parálisis de los soviets (1977)
2. Las cosas han salido de un modo muy distinto a como lo esperaban Marx y Engels (1977)
3. En un mundo en crisis (1975)
4. Presentación de crítica del bolchevismo (1975)
5. Constitución y realidad de la urss (1977)
6. La revolución rusa como problema histórico (1978)
7. Presentación de "el acorazado potemkin" (1978)
8. El pez cornudo en el estanque helado. A propósito de la Historia de la Rusia Soviética de Edward H. Carr (1985)
9. De palabras y cosas. A propósito del comunismo como ideal y como realidad (1990)
10. Descendiendo de las cumbres abismales (1990)
11. Volver a empezar (1990)
12. 1917 desde 1991 (1991).
13. Después de las perestroikas. respuesta a ocho preguntas de L’esborrany (1991)
14. Rusia, el golpe de estado del 4 de octubre y la democracia (1993).
15. Comunismo y fin de año (1996)
16. Prólogo a La caída del imperio del mal (1999)
17. El mañana, el mañana, el mañana,… (1999)
18. Elogio de Pietro Ingrao (2002)
19. Reseña de La gran transición de Rafael Poch de Feliu (2003)
20. El socialismo entre realidad y utopia. varias respuestas para una pregunta (2003)
21. Entrevista sobre Lenin (2003)
22. Ser comunista hoy (2003)
23. Una nota sobre marxismo, poética y cine (2005)
24. Venezuela, el socialismo del siglo XXI y nosotros, europeos (2006)
25. Sobre Chevengur, de Andrei Platónov (2006)
26. Las memorias de Rossana Rossanda. para el libro blanco del comunismo en el siglo XX (2008)
Epílogo. "Manuel Sacristán quería considerarse fundamentalmente comunista; yo también."
Más un índice analítico y onomástico.

Así, pues, 26 textos en total más unos pasajes altamente significativos, forman el Epílogo, de una de las últimas entrevistas, la que le realizó Jaume Botey para Iglesia Viva.

Otro motivo que podemos añadir a los antes aludidos: la valentía política, la visión político-filosófica del autor. Así escribía, con este coraje pensaba y escribía Paco Fernández Buey en 1991, el año de la desintegración de la URSS, de la caída de una de las últimas fichas del llamado socialismo real, cuando casi todo el mundo cambiaba de camisa, de vida, de historia, de pasajes destacados de su memoria y de sus coordenadas poliéticas:
Las luces de aquellos días que conmovieron al mundo siguen resaltando sobre las sombras del terror y de la guerra civil cuando miramos con detenimiento el estado en que volvían de la primera guerra mundial cientos de miles de campesinos hambrientos, ávidos no sólo de pan sino también de una esperanza, de una palabra nueva. Para muchos esa palabra nueva fue: soviet. Esto explica que muchas cosas de las que pasaron el 7 de noviembre de 1917. Olvidar que detrás de aquella revolución estuvieron la guerra y el hambre generados por el nazismo, quedarse en la discusión sobre las formas de entonces o pretender que aquel mundo hubiera cambiado aplicando técnicas democráticas de intervención política que ahora empezamos a conocer, es una presuntuosidad monstruosa, mero verbalismo de gentes hartas que no han tenido que sufrir en propia carne la violencia del absolutismo, la humillación del pobre campesino sin tierra, las durísimas condiciones de trabajo del proletariado industrial.
De aquellas sombras brotaron esas luces, las luces de la revolución. Pero de esas otras luces brotaron otras sombras.
Algunas de ellas en seguida fueron visibles: los soviets de verdad estaban liquidados en 1923. Otras, sospechosamente inocuas, como si fueran chinescas: ya el viejo Lenin advertía a los suyos de la brutalidad de Stalin; y acertó al menos en dos puntos que habrían de resultar sustanciales: la insensibilidad de los problemas nacionales en el más complejo de los estados multinacionales del mundo de 1924. A pesar de todo, Lenin no alcanzó a ver la peor de las sombras: el asesinato de la mayoría de los compañeros revolucionarios de 1917. Para hacerse una idea de lo que debió ser aquella alargada sombra vale con un recuerdo: Svetlana Stalin tardó años en enterarse (a través de un periódico extranjero) de que su madre, la primera mujer de Stalin, se suicidó a consecuencia de que su marido la trataba como "un bruto animal"; durante todo ese tiempo creyó que su madre había muerto de un ataque de apendicitis, versión oficial (y familiar) del asunto. Otro ejemplo de que es, efectivamente, posible ignorarlo todo. Y no sólo en política. En lo más íntimo.

1991, cuando aquella experiencia histórica que se abrió en 1917 tocaba a su fin, señalaba Fernández Buey finalmente
[...] es un buen momento para recordar la gran fecha reflexionando sobre las luces y las sombras de uno de los grandes acontecimientos del siglo. Renovar la tradición comunista, volver a cargarse de razones en esta ya milenaria lucha contra la desigualdad social, de la que la revolución de 1917 fue un hito inolvidable, así lo exige. Porque el arrepentimiento sigue siendo, en estos tiempos, un doble error; pero el borrar las huellas del terror estalinista en nada ayuda a los jóvenes que, en las desigualdades del mundo de hoy, quieran recoger, como otros lo hicieron hace 74 años, al viejo testigo.
Renovar la tradición, cargarse de razones en esta lucha milerania… ¿No es lo que hacemos, lo que debemos seguir haciendo? 

Así, pues, no se lo pierden. Verán que no exagero ni que hablo por hablar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario