jueves, 30 de marzo de 2017

LA EXCEPCIÓN ESPAÑOLA EN MEDIO DEL ANTIEUROPEÍSMO CRECIENTE


Las celebraciones del 60º aniversario del Tratado de Roma han tapado durante un par de días el antieuropeísmo rampante en buena parte de los países miembros de la Unión Europea y particularmente en los que son sus socios fundadores. Faltan pocas semanas para saber si Francia, con una victoria de Marine Le Pen, convierte en drama ese fenómeno, que es el más conspicuo entre los muchos y graves a los que tiene que hacer frente la UE. Ese riesgo agita hoy las cancillerías y los medios del continente. En España pasa casi desapercibido. Lo cierto es también nuestro país es, junto a Portugal, el único en el que el antieuropeísmo es prácticamente inexistente.

En Francia, en Italia, en Holanda e incluso en Alemania, por no hablar de Inglaterra, las denuncias sobre los males que provoca la Unión son moneda corriente en el debate político y ciudadano y generan adhesiones masivas en no pocos casos. Aquí ese argumento no se esgrime en ámbito alguno. No hay entusiasmo por Europa, en España no hay entusiasmo ni ilusión por nada, pero Bruselas tampoco provoca rechazo. Y en todo caso a ningún partido se le ha ocurrido hasta ahora atizar ese fuego, porque todos ellos creen no se entendería o que dejaría fríos a sus seguidores.

Las razones de esa excepción hay que buscarlas en la cultura política de la España democrática y también en las circunstancias que el país ha vivido en los últimos tiempos, particularmente desde que estalló la crisis. Empezando por la de que el reconocimiento por parte de Europa, la entrada en la UE, fue la bandera de la transición democrática, el objetivo que incluía todos los demás y con el que se identificaron no sólo casi todo el cuadro político sino también la mayoría de los ciudadanos.

Fue seguramente el único sueño que se realizó plenamente. Y eso no ocurrió hace tanto tiempo como para que se haya olvidado. Además, desde entonces y hasta hace relativamente poco, la relación con Europa ha sido muy beneficiosa para España en la percepción del común de los ciudadanos. Mucha gente corriente sabe, por experiencia propia y directa, que los fondos y las subvenciones europeas han sido el principal motor de la extraordinaria transformación y modernización que ha sufrido nuestro país. Y tiene la sensación, o la constancia, de que ese maná no ha dejado de llegar a pesar de la crisis, hasta hoy mismo.

Sí, fueron Angela Merkel y Bruselas los que en 2010 obligaron a parar y a recortar. Pero aparte de que el impacto macroeconómico y social de aquel golpe fue bastante menor que el que produjo el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, a la hora de repartir las culpas del mismo la peor parte se la llevó José Luis Rodríguez Zapatero y el gobierno socialista de aquel momento. Porque llevó a la práctica sin rechistar lo que le ordenaron las autoridades europeas, pero también porque se creyó que había engañado a la gente ocultando hasta el último minuto la gravedad de la crisis. Entre los que sabían un poco más del asunto a esos elementos se añadían su errática política económica, sus decisiones sin sentido y su falta de voluntad para meter en vereda a la banca y a los especuladores.

Lo cierto es que aquí no ocurrió como en Grecia, en donde la UE, el BCE y el FMI, y particularmente la canciller alemana y su ministro de finanzas Schäuble aparecieron siempre como los verdugos del país. Hasta hoy mismo, cuando según varios sondeos, el "no" a Europa ganaría en un referéndum que perfectamente podría ser convocado dentro de algunos meses.

En España hasta ahora nadie ha entonado el "Europa es culpable" que junto al antiislamismo y al rechazo a los emigrantes constituyen los puntos fundamentales del programa con el que la ultraderecha francesa pretende alcanzar la presidencia de Francia. Y que, con algunos matices, han sido también los mensajes que han propiciado la victoria del Brexit en Inglaterra.

Claro que también en la cultura política de la España actual no existe nada parecido a la añoranza del imperio que sienten tantos ingleses, ni el sueño de la grandeur, de la grandeza de Francia en el mundo, que desde el general De Gaulle lo convirtió en el eje de su política, comparten tantos habitantes del país vecino.

Porque aquí, salvo entre unos pocos franquistas colocados fuera del tiempo, cualquier mirada hacia el pasado provoca escalofríos, si no horror. Es el recuerdo del hambre y de la miseria que sigue presente entre buena parte de la población española, aunque no las hayan vivido directamente y sólo les haya llegado porque se lo han transmitido sus padres y sus abuelos.

España carece de un pasado que pueda servir a un oportunista para construir un mensaje nacionalista y antieuropeo. A su manera, como poco tosca y en todo caso añorante del franquismo, José María Aznar intentó ese camino con su pacto con Bush y su enfrentamiento con Francia y Alemania, la "vieja Europa", con ocasión de la guerra de Irak. Los atentados de Atocha y la derrota electoral de 2004 acabaron con ese experimento. Rajoy, después de aquel estentóreo y falangista "¡Viva España!" de la plaza de Colón, se ha cuidado muy mucho de hurgar en esa herida.

La derecha española más rancia, que sigue sin ser demócrata como hay que serlo y que manda en el PP, no necesita de banderas como esas para seguir para adelante. Tampoco de agitar la causa del antiislamismo o la del rechazo a los inmigrantes. En la época de Aznar tuvo sus tentaciones a este respecto. Afortunadamente las aparcó pronto. Porque no tenían sentido en una época en la que el boom de la construcción demandaba millones de trabajadores. Y menos luego, cuando todo se vino abajo, y hasta un 40% de los que habían venido se volvieron. Y hoy, cuando con un índice de paro del 21%, a ninguno se le ocurre venir.

El nacionalismo español, que existe, aunque con los límites apuntados, y que es de derechas y de izquierdas, hacia donde dirige sus tiros en las presentes circunstancias es contra los catalanes que son independentistas o meramente autonomistas radicales. Hasta hace poco también contra sus homólogos vascos. La cosa queda en casa, aunque puede explotar. Los malos están ahí, no en Europa. Aquí nadie quiere que España se salga de la UE. ¿Para qué? Sólo con formularla esa perspectiva asusta. Lo malo es que si las cosas van muy mal, que puede, aunque también no, nuestros políticos no van a saber qué hacer en medio del desaguisado.

Un texto de Carlos Elordi en eldiario.es

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