jueves, 9 de febrero de 2017

SOBRE LA VERDAD, LA MENTIRA Y LOS VERDADEROS CULPABLES


Me escribió Harald Martenstein desde Berlín que en Zeit online leyó un artículo de cómo uno se hace terrorista, se hablaba del atentado en Berlín de Amri Anis (Wie ein Mensch zum Terroristen wird, de Kai Biermann, Sarah Mersch, Karsten Polke-Majewski, Michael Stürzenhofecker y Veronika Völlinger). 

La tesis era que la actuación de Amri no tenía nada que ver, o acaso muy poco, con el islam y sí con la pobreza y con problemas de pubertad: “No es la fe lo que convierte a los hombres en asesinos sino sus vivencias de niñez y juventud. Situaciones vitales precarias, un desarrollo bajo un enorme estrés…, es lo que se observa en todos los extremistas”. 

Un ejemplo claro de “posverdad”. De inmediato me vino al recuerdo, dice Martenstein, el extremista más famosos de nuestro tiempo, el millonario Osama bin Laden. Tras 2001 he leído distintos escritos que analizaban la pregunta de por qué tantos jóvenes sauditas ricos se inclinaban por el islamismo. (Posverdad es un neologismo que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.


Pensé, claro, para este colega el capitalismo porta la culpa de todo, por qué no, también del islamismo. Atribuir al capitalismo la culpa de todo mal resulta también muy práctico para nosotros, autores, porque el capitalismo jamás exige réplica ni aparece en la redacción con una kalaschnikow. ¿Ya, qué pasaría en el mundo de los medios si de pronto un capitalismo, como el de Hans-Rüdiger de Cleves, escoge a Schertz como abogado, un especialista en medios, y lleva a juicio a todo aquel que ha escrito frases discriminatorias en las que aparece su nombre? Si al capitalismo se le considera tan malo, en caso de duda el capitalismo sería también responsable del mal tiempo, algo que según otros está causado por hombres malos, y según unos terceros por los extranjeros. Hay argumento para un roto y para un descosido. 

Me gustaría organizar una competición retórica, en la que hubiera una lista de males como el terror, el cambio climático, el número exiguo de mujeres en los consejos de administración de la industria del acero, el cartel de drogas mejicano etc, y en la otra parte una lista de los tenidos por culpables, por ejemplo los hombres, los musulmanes, el euro, la industria del automóvil y, por qué no, también el feminismo. Luego se formarían parejas a sorteo y los candidatos tendrían que argumentar, por ejemplo, por qué la industria del automóvil es culpable del terrorismo, el euro de la muerte de Leonard Cohen o por qué el feminismo ha provocado el cambio climático. Todo es posible. 

La palabra de moda “posverdad”, utilizada ya por segunda vez, la encuentro una idiotez. Primero, porque no es verdad que la mayoría de los que la emplean sean únicamente populistas, especialmente de derechas, con la intención de mentir y tergiversar la verdad. Porque, siguiendo con la palabra, mienten y tergiversan también los izquierdosos, y también el gobierno; desde inicios de los tiempos se miente cuando conviene. Tras la famosa noche de san Silvestre en Colonia la policía explicó, contra mejor saber, que todo había transcurrido con paz y sosiego. ¿No era posverdad? 

Y segundo, se puede mentir aun cuando lo atestigüen y ratifiquen los hechos. Imagínense un periódico, que enumera todos los abusos cometidos por un peticionario de asilo, las agresiones, los atracos, los robos…, todo. Y ahora imagínense otro periódico que informe de todas y cada una, sin excepción, de las injurias y vejaciones contra extranjeros, da igual su importancia. En ambos casos los hechos y datos son verdad, lo atestiguan; y ocurre con frecuencia. Ahí surgen dos retratos totalmente diferentes de la sociedad, dos infiernos en base a hechos, y ambas en mi opinión falsos. Porque se ve lo que se quiere ver. Lo único que se puede hacer en contra es una y otra vez, leer y releer cada día la poesía de Loa de la duda de Bert Brecht

¡Loada sea la duda! Os aconsejo que saludéis / serenamente y con respeto /a aquel que pesa vuestra palabra como una moneda falsa. Quisiera que fueseis avisados y no dierais / vuestra palabra demasiado confiadamente. / Leed la historia. Ved / a ejércitos / invencibles en fuga enloquecida.
Por todas partes / se derrumban fortalezas indestructibles, / y de aquella Armada innumerable al zarpar / podían contarse / las naves que volvieron./ Así fue como un hombre ascendió un día a la cima inaccesible, / y un barco logró llegar / al confín del mar infinito. / ¡Oh hermoso gesto de sacudir la cabeza / ante la indiscutible verdad! / ¡Oh valeroso médico que cura / al enfermo ya desahuciado! 

Pero la más hermosa de todas las dudas / es cuando los débiles y desalentados levantan su cabeza / y dejan de creer / en la fuerza de sus opresores. / ¡Cuánto esfuerzo hasta alcanzar el principio! / ¡Cuántas víctimas costó! / ¡Qué difícil fue ver / que aquello era así y no de otra forma! / Suspirando de alivio, un hombre lo escribió un día en el / libro del saber. / Quizá siga escrito en él mucho tiempo y generación tras / generación / de él se alimenten juzgándolo eterna verdad. / Quizá los sabios desprecien a quien no lo conozca. / Pero puede ocurrir que surja una sospecha, que nuevas / experiencias / hagan conmoverse al principio. Que la duda se despierte. 

Y que, otro día, un hombre, gravemente, / tache el principio del libro del saber. / Instruido / por impacientes maestros, el pobre oye / que es éste el mejor de los mundos, y que la gotera / del techo de su cuarto fue prevista por Dios en persona. / Verdaderamente, le es difícil / dudar de este mundo. / Bañado en sudor, se curva el hombre construyendo la casa / en que no ha de vivir. / Pero también suda a mares el hombre que construye su / propia casa. / Son los irreflexivos los que nunca dudan. / Su digestión es espléndida, su juicio infalible. / No creen en los hechos, sólo creen en sí mismos. Si llega el / caso, / son los hechos los que tienen que creer en ellos. Tienen / ilimitada paciencia consigo mismos. Los argumentos / los escuchan con oídos de espía. 

Frente a los irreflexivos, que nunca dudan, / están los reflexivos, que nunca actúan. / No dudan para llegar a la decisión, sino / para eludir la decisión. Las cabezas / sólo las utilizan para sacudirlas. Con aire grave / advierten contra el agua a los pasajeros de naves / hundiéndose. / Bajo el hacha del asesino, / se preguntan si acaso el asesino no es un hombre también. / Tras observar, refunfuñando, / que el asunto no está del todo claro, se van a la cama. / Su actividad consiste en vacilar. / Su frase favorita es: «No está listo para sentencia.» 

Por eso, si alabáis la duda, / no alabéis, naturalmente, / la duda que es desesperación. / ¿De qué le sirve poder dudar / a quien no puede decidirse? / Puede actuar equivocadamente / quien se contente con razones demasiado escasas, / pero quedará inactivo ante el peligro / quien necesite demasiadas. / Tú, que eres un dirigente, no olvides / que lo eres porque has dudado de los dirigentes. / Permite, por lo tanto, a los dirigidos / dudar. 

Un texto de Mikel Arizaleta

Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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