lunes, 14 de diciembre de 2015

PALESTINA MON AMOUR

Palestina, mon amour,

Palestina, territorio que ya desde su memoria bíblica, pareciera destinado por los dioses de la historia a ser el campo sobre el que a la manera de las siete plagas antiguas, se ensañan y retozan aquellas que guían el actuar de los poderes del mundo: hipocresía, guerra, mentira, despojo y muerte. Faltan dos: muerte y más muerte.

Cuando se miran los Tratados, Convenciones y Protocolos sobre la paz y los derechos humanos como estatutos imperativos para todos los gobiernos, inclusive en un esfuerzo de hacer humano lo inhumano unos sobre la guerra, cuando se mira todo ello con sus invocaciones, principios y prohibiciones, se tiende a tener alguna esperanza. En últimas no es tan mala nuestra especie pareciera –en especial la parte de ella que nos manda- y habría que tener fe en que la muerte y el despojo no son, no pueden ser, la guía del actuar de las naciones grandes cuando sus intereses así se eleven a razón de Estado, las enfrenta a las más débiles.

Muy pronto se revela vana la esperanza. Cuando vemos a las potencias políticas y económicas del mundo no en la realidad virtual de las conferencias internacionales sino en la cínica de sus ambiciones, constatamos la irrisión de tanta retórica jurídica, tantísimo protocolo diplomático y tanto alarde humanitario. Que esas potencias no sólo han suscrito, sino tenido la iniciativa e impuesto a las demás naciones suscribir, so pena de considerarlas “estados canallas” excluidos del universo de las naciones civilizadas. La verdad es que la piedra angular de los poderosos de la tierra en su actuar internacional, es lograr sus propósitos con el recurso de la violencia. Entre más espurios, más violencia No en balde tienen la fuerza que se lo permite. Y no cualquiera: la más brutal, la que enseñe y muestre no sólo al de turno sino al espectador que será el próximo mañana – a Saddam Hussein, para que vea Gadafi; a Gadafi para que vea Al Assad; a Al Assad para que vea Hasán Rouhní de Irán, a Rouhní, para que vea Kim II-Sun, etc.-, que la brutalidad con la que se está dispuesto a matar y destruir, sólo encuentra límite en la voluntad del agresor.

Es el privilegio de la fuerza, el despótico fuero que se da quien se sabe poseedor del poder de destruir al otro, sus ciudades, sus templos y sus gentes, sin que nada se lo impida, menos Tratados y Convenciones, gendarmes de papel. Luego, si no lo hago, es porque concedo no hacerlo. Y ello tiene un precio: su petróleo, o sus plantaciones de banano; mi paso libre por su territorio, el asentamiento de mis misiles en su suelo, la compra de mis productos con ventaja o la venta de los suyos con desventaja. Y por descontado está, la incondicionalidad a mi voz en el sainete de las instancias internacionales.

Que de lo anterior hablen Hiroshima y Nagasaki, crimen que ya casi no figura en los libros de historia, y cuyo autor absolutamente nadie conoce. Se prefirió borrarlo de los textos, que inmortalizar a Harry Truman como el más grande criminal de la humanidad. ¿Cómo podría serlo si representaba a la “gran nación americana”, la de las palabras inspiradas de Jefferson en la Declaración de Independencia, y las más aún de Lincoln en el cementerio de Gettysburg? Y sigue la lista de quienes podrán atestar esta dura verdad: Corea, Vietnam, Panamá, Guatemala, Chile, Yugoeslavia, Afganistán, Irak, Libia y hoy Siria.

Pero esta interpelación se titula Palestina. ¡Como si lo dicho no tuviera que ver con ella! Como si no fuera ella la más patética muestra de esta verdad, la mentira, la hipocresía y el crimen burlando Pactos, Tratados y Convenciones. La mentira, “carta de navegación” para “el problema palestino”, no otro que la exigencia de cumplimiento de la Resolución 181 de 1947 de Naciones Unidas que arbitrariamente y sin permiso de los dueños de casa dispuso la partición de su territorio para crear dos Estados, uno judío y otro árabe. El “problema palestino”, es que con base en esa Resolución, las comunidades judías allí asentadas más por importación de Europa que por arraigo, se declararon Estado en 1948. Y desde esta fecha, ese Estado crece al punto de devorar el “árabe” por la vía de matar y deportar a sus ocupantes históricos en una operación de “limpieza étnica” que hoy continúa. Convirtiéndose además en agresiva potencia militar que bombardea países en “legítima defensa preventiva” –Líbano, Irak, Siria, Egipto- y realiza carnicerías de espanto como la de los campos de refugiados palestinos de Shabra y Chatila. País rico con altísimo nivel de vida sus habitantes, poseedor de un arsenal nuclear bastante para destruir la tierra varias veces. Mientras tanto y en contraste, el “Estado palestino” no ha nacido.

Y no puede nacer el Estado palestino. No hay territorio dónde hacerlo. Los dos lotes incomunicados donde se asienta su gente, no tienen frontera con ninguna nación del mundo, están rodeados de muros y alambradas infames, en la bien llamada cárcel a cielo abierto más grande del mundo. Sus habitantes bien pueden envidiar los campos de concentración de Auschwitz y Treblinka de los que tanto se duelen ochenta años después como si fuera hoy, los historiadores sionistas. Tampoco desde luego tienen frontera hacia su espacio aéreo, pues no tienen soberanía sobre él. Por allí sólo cruzan las naves comerciales que entran o salen de Israel, y las militares de este país sobre todo cuando van en plan de lanzarles algunas bombas. De su subsuelo tampoco son dueños, y ni siquiera óigase bien, del mar territorial. En él apenas pueden adentrarse unos pocos metros; ni tener una flota pesquera que palie su hambre, menos viajar a otro país. Ni ayuda humanitaria puede ingresar por su mar al territorio palestino.

Cuando en el año 2010 la “Flotilla de la Libertad”, diez barcos y 750 voluntarios de 37 países con alimentos, médicos, agua y medicinas intentó romper el cerco de muerte que Israel había impuesto a la población matándola de hambre, sed y enfermedades, los sionistas, a los ojos del mundo entero que seguían la travesía, asaltaron el Mavi Marmara su buque insignia, asesinaron a diez de los activistas humanitarios, hirieron a docenas y hurtaron la ayuda que llevaban. El informe oficial de Israel sobre la operación, abierta o solapadamente aplaudido por los poderes del mundo el Consejo de Europa, el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad de la ONU, es que la barcaza insignia iba cargada de terroristas y naturalmente, ellos, los sionistas, tuvieron que defenderse.

Y claro, los palestinos no están contentos. No aceptan esa situación, se rebelan a admitirla. Entonces son terroristas, y hay que solucionar ese problema, “el problema palestino”, cosa fácil partiendo de esa calificación. ¿Cómo? Israel tiene la fórmula y la aplica en forma metódica e implacable: la limpieza étnica. El mismísimo “progrom” que le reclaman a Hitler y que ochenta años después aún le facturan a la humanidad toda: eliminar de ese territorio que sin derecho ni consulta alguna dividió la ONU, a esa gente, esa cultura. Entonces adelanta una campaña de exterminio especialmente centrada en los niños y jóvenes que saben son muchos, y son los que con toda convicción van a tomar la causa del Estado, el suyo, el que Israel les usurpa. Causa que llevan en su sangre porque han visto mucha de los suyos derramada por ella. Los viejos, en fin, se van a morir, se están muriendo. La misión se complementa sembrando el territorio conquistado de colonos judíos importados de Europa. Así se cambia la composición demográfica de los campos de concentración de Gaza y Cisjordania, al punto de que un día serán sus habitantes quienes quieran izar la bandera de Israel.

Por eso fue que la Resolución 3379 de 1975 de la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró racismo al sionismo. Como el nazismo. Una raza que con toda certeza se cree y siente superior, y como corolario de ello desprecia a las otras abrogándose el derecho a destruirlas si no admiten esa superioridad. ¿Y qué efecto tuvo tan trascendental Resolución? Ninguno. Como tampoco lo han tenido los centenares de resoluciones de esa misma Asamblea General que reclama el retorno de los millones de palestinos dispersados por el mundo desde 1948, y la devolución de las tierras “asignadas” por la ONU a Palestina, arrebatadas por Israel. La voz del mundo que bien puede asimilarse a la de la Asamblea General de la ONU, vale menos, mejor decir nada, que la de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU., dueños del mundo que mandan en la CPI, el FMI, el BM y los arsenales militares –incluidos los atómicos- de esas mismas naciones, para en nombre de la humanidad destruir pueblos y países. Preguntémosle a los millones de cadáveres bajo los templos derruidos de los dioses de la gran Mesopotamia dormitando en alcázares que parecían eternos.

Por eso alrededor de todo el mundo gritan anónimas las paredes: “No en nuestro nombre”.

Cómo se llama eso en el Derecho Internacional? ¿Cómo se califican esos crímenes en los Tratados, Pactos y Convenciones que tanto invocan y de los que tanto alardean presidentes y primeros ministros en los foros internacionales? ¿Crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra o contra la paz, con jurisdicción universal, imprescriptibles, no indultables ni amnistiables? No importa cómo se llame ni qué papel lo consagre. Ellos no se hicieron para tipificar las acciones del sionismo contra el pueblo palestino.

Y esos Estados poderosos que tienen la facultad de decir si un crimen es tal o apenas una escaramuza, son rehenes del lobby sionista en los Estados Unidos y Europa, hecho del oro que controla industria, banca y medios de comunicación. Así, quedan sometidos a su voluntad, so pena de ser sindicados de un crimen inventado, el más grande de todos, que no se sabe cómo ni cuándo legislaron y con alcance universal: el de “antisemitismo”. El que comete aquél que rechace las atrocidades del sionismo. Entonces, las potencias del mundo callan.

Mejor cuando callan. Porque cuando hablan, lo hacen para llamar a la cordura a los palestinos, a que depongan sus odios, a que no sean hostiles con Israel que les asesina sus niños y tortura sus mujeres, encarcela a sus hombres, los priva del agua y despoja de sus tierras. Y les recuerda el derecho de Israel a existir, exhortándolos a que se sienten a dialogar con él, así ese país haya dicho en todos los tonos que absolutamente a nada se compromete en esas conversaciones de sesenta años que concede mantenerlas otros sesenta en aras de solucionar “el problema palestino”. Eso sí, recalca, sin conceder nada. Con ONU o sin ONU afirma retador, Palestina jamás será Estado.

Y cuando Israel abiertamente realiza actos propios de la guerra convencional entre Estados y bombardea durante semanas barrios enteros incluidas guarderías, hospitales y mezquitas llenas de civiles inermes, Obama a nombre de los EE.UU, Ángela Merkel en el de Alemania, Hollande en el de Francia, D. Camerón en el de Inglaterra y Matteo Renzi en el de Italia y como quiera que se llame el empleado de ellos en la ONU, exhorta “a las partes” a “cesar los combates” y evitar “el derramamiento de sangre”. Y hasta el Papa Francisco saca a relucir su hipócrita bondad de fariseo llamando a los palestinos a dialogar con Israel que tiene derecho a existir.

Palestina Mon Amour. Hiroshima ninguneada, los libros de historia no recogen tus pesares, ni tus mil historias de amor bajo mezquitas derruidas esculturas de hierro rebelándose contra la gravedad. Ni tus ojos de Guernica, ni tus brazos extendidos de Goyas fusilados, ni tu Caravaggio ofreciendo la cabeza del Bautista en una bandeja de plata. Pero como en aquella, la memoria y el amor denuncian el crimen y te rescatan del odio y el olvido. Seguro.

Palestina resiste y vencerá !!!


Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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