lunes, 14 de diciembre de 2015

ANÁLISIS DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN EL CINE ESPAÑOL

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Un análisis de tres películas del cine español que han centrado sus argumentos en la violencia de género.

La Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, en su Artículo I establece como objetivo "actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia".

Con clara vocación feminista define una situación de desigualdad y un ejercicio de relaciones de poder de los hombres hacia las mujeres, que en este caso se limitarían a personas entre las que existan relaciones afectivas.

Otro de los aspectos que recoge el ideario de esta ley -de hecho la Ley comienza con esta frase-, es que la violencia de género no es un asunto que afecte al ámbito privado sino que es un tema que afecta al ámbito político y por extensión al social, cultural, económico…
Sobre trascender lo privado e incluso encender e incentivar el debate público el cine sabe bastante ya que tiene la capacidad de visibilizar temáticas y de forma especial de representar formas de relacionarse en la intimidad que nos llegan como público y nos remueven.

En este contexto nos proponemos realizar un análisis de las películas del cine español que han centrado sus argumentos en la violencia de género según la definición de la Ley y que son Sólo mía (Javier Balaguer, 2001), Te doy mis ojos (Icíar Bolláin, 2003) y la tv movie No estás sola, Sara (Carlos Sedes, 2009). No son muchas, no son recientes, pero las propuestas son una referencia clara a las que hemos recurrido desde que se estrenaron.

Sólo mía. Violencia, maltrato y disparo
Sólo mía es la primera película que de una forma consciente centra su argumento en denunciar la violencia de género en el ámbito familiar de pareja (heterosexual). Y aunque el desenlace sea muy cuestionable, se trata de una película que ha aguantado bien el paso de los años y que introduce un elemento interesante como el uso de la violencia por parte de la víctima.

Ángela (Paz Vega) en su primer día de trabajo conoce a Joaquín (Sergi López) un creativo publicitario. La relación sentimental se establece desde el principio según parámetros de desigualdad; ella secretaria y el creativo, y esta inferioridad se refuerza porque Incluso su familia, en especial su madre, la tratan como si fuera una niña.

Cuando ella comienza a tomar sus propias decisiones, él comienza a pegarle. Ella se rebela, le perdona en diversas ocasiones y finalmente decide pedir el divorcio sin hacer pública la violencia a la que ha sido sometida. No es una víctima que resista con resignación o por amor, De hecho, llega a interrumpir de forma voluntaria un embarazo que la encadenaría aún más a su marido.

Ángela se va enfrentando poco a poco a su nueva realidad y cuenta con el apoyo de su familia –incluso de su madre que ante la primera agresión le dice que sepa perdonar y que pelillos a la mar- pero se da de bruces con la justicia y con la realidad. Es duro cuando una abogada de una asociación de mujeres directamente le recomienda que desaparezca, que la justicia no da soluciones y que la sociedad mira para otro lado.

Ángela decide por su cuenta llegar a un pacto con su ex marido por el bien de su hija. Tiene la posibilidad de asumir el rol de maltratadora pero no lo hace, no quiere que su marido sienta su miedo por mucho que la venganza sea tan tentadora. La situación, que en la película se representa con una tonalidad de fotografía diferente y de forma fragmentada, se complica y se resuelve con una certera bala perdida que deja a Joaquín en estado vegetativo.

Sin duda es peligroso presentar la solución al maltrato y a la violencia con un disparo providencial. Sólo la desaparición de Joaquín permite a Ángela ser una mujer libre. Sólo el azar le posibilita rehacer su vida y caminar pisando fuerte como en la secuencia final. Es su única opción posible ante el silencio y la no implicación de la sociedad. Al menos es lo que plantea la película.

Te doy mis ojos. Miedo y punto de vista del agresor

Pilar (Laia Marull) huye de su casa, de noche y en zapatillas a casa de su hermana. Desde el primer fotograma sentimos y palpamos su miedo y viajamos con ella a través del difícil proceso de dejar de vivir con un marido del que está profundamente enamorada, que intenta cambiar pero nunca lo consigue.

Pilar comienza un proceso, que nunca es lineal de toma de conciencia de su situación. Consigue un trabajo de forma inmediata –algo impensable en la actualidad- y cuenta con el apoyo de su hermana Ana (Candela Peña) y la resistencia de su madre (Rosa María Sardá) quien no duda en aliarse con su yerno para facilitar la reconciliación. Es evidente la influencia del catolicismo en la actitud de la madre quien no está dispuesta a admitir la situación de su hija, ya que supondría asumir que ella también fue una mujer maltratada. Pero las aliadas y las enemigas no son el eje central de la película.

Bollaín da un paso adelante al darle el mismo peso narrativo al personaje de Antonio (un siempre excesivo Luis Tosar) con quien también viajamos. Ciertamente una apuesta arriesgada que revela un sincero intento por ponerse en la piel del maltratador y que a pesar de la buena intención puede caer en el buenismo.

La película muestra a Antonio como participante de terapia de un grupo de hombres maltratadores. Antonio no es igual que el resto de hombres que encarnan el machismo más rancio y puro, Antonio es más sensible e incluso llegamos a empatizar con él porque es un hombre que intenta no ser un maltratador.

Presentar la terapia de hombres, que incluye un hombre rehabilitado (¡¡!!) como si de una terapia para superar el alcoholismo o la ludopatía se tratara tiene buena intención pero puede ser perverso. La violencia de género es un problema estructural enraizado en una sociedad desigual y patriarcal como la española, y no tiene que ver con dependencias, sino con un ejercicio máximo del poder que usa la violencia para poder perpetuarse.

Otro aspecto destacable y que ciertamente puede llegar a perturbar a quien ve la película es la representación de las relaciones sexuales. Antonio usa la sexualidad para dominar a Pilar y apuntalar su poder y su control y Pilar accede.

El final de la película, muy esperanzador presupone en cierta forma el triunfo de Pilar frente a Antonio, al tomar conciencia ésta de su situación de maltrato. Da la impresión de que su determinación para salir adelante es lo único que necesita, cuando sabemos que en ocasiones no es suficiente.

No estás sola, Sara. La linealidad

Se trata de una tv movie emitida en RTVE que comienza con el testimonio de Sara en un grupo de mujeres. El evidente tono didáctico, y el protagonismo de la actriz Amaia Salamanca, demuestran una clara apuesta por realizar un producto que llegue al máximo número de gente, y que favorezca la identificación.

El mensaje de la película es muy positivo. El hecho de que veamos desde el primer fotograma a una Sara empoderada, hablando de su historia ya nos coloca en una posición de cierto alivio. La historia de Sara en poco se diferencia de las dos historias que hemos analizado. Chica conoce chico tímido y callado que en contraposición a su novio chulo y malote la trata bien y la cuida.

El "chico bueno" no es tal y Sara poco a poco se ve arrastrada a una situación de control y maltrato de manual en las que la intensidad va subiendo; comienza pidiéndole que deje de hacer cosas, le lee los mensajes del móvil como si fuera lo normal, le prohíbe llevar minifalda…pequeñas estrategias de control que se superan y van en aumento hasta la agresión sexual o la agresión física. Ella se ve atrapada por la pena que él le inspira, por la victimización, y sobre todo porque termina teniéndole miedo y sintiendo vergüenza.

El proceso de toma de conciencia de Sara pasa por asumir que es una mujer maltratada y por denunciar a su ex pareja sin sentirse culpable por poder romperle la vida. Y también pasa por estar una temporada en un centro de mujeres maltratadas y por denunciar.

Más allá de preguntarnos de forma lógica si a día de hoy Sara contaría con los recursos públicos de los que dispuso, observamos cierta linealidad discursiva que nos lleva a percibir la violencia de género como un problema del que se puede salir si sigues los protocolos y pautas establecidas y sobre todo si denuncias.

La denuncia se presenta como la panacea, como la solución; si denuncias se pasa; será un camino duro pero estarás acompañada y todo se terminará. Sin duda es un mensaje tan necesario como engañoso e irreal. Terminar la película con la frase "tengo a toda la sociedad de mi lado porque sé que no estoy sola" es un mensaje falso y peligroso, porque Sara, aunque nos duela decirlo, toda la sociedad no está de tu lado.

Un texto de María Castejón Leorza en Diagonal

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