miércoles, 21 de octubre de 2015

ASKAPENA: JUICIO A LO INJUSTO

Askapena,

El juicio en la Audiencia Nacional española contra Askapena y sus casi 30 años de trabajo solidario e internacionalista no es más que la enésima expresión de la lógica imperante en un Estado incapaz de afrontar sus miedos y debilidades estructurales desde posiciones democráticas. Este nuevo juicio transcurrirá, además, en un tiempo en el que la gran mayoría de la sociedad vasca desea superar nuestra reciente historia de violencia y represión.
Los encausados de Askapena proclaman ante la AN que «la Historia nos absolverá»
Tras más de cuatro años desde el abandono de las armas por parte de ETA, una gran parte de la sociedad vasca y parte de la española pensó que se abriría un proceso de distensión o de paz. Por razones más que obvias, sería un proceso diferente a los anteriores (Argel, Lizarra-Garazi o Loiola), pero que, en mayor o menor medida, ayudaría a desactivar la maquinaria legislativa creada ad hoc contra el movimiento independentista vasco. Liberación de los presos enfermos, fin de la dispersión, medidas para acabar con la tortura y los malos tratos en comisaría y, sobre todo, el fin de las detenciones y juicios por motivos estrictamente políticos. El resultado ha sido justo el opuesto: operaciones policiales masivas –He­rri­ra, abogados...–, embrutecimiento de la legislación –implantación de la cadena perpetua, obviar los dictados de Estrasburgo...–, criminalización y endurecimiento de las penas a toda protesta social (Ley Mor­daza), constantes macrojuicios de índole política –en los que muchas de las acusaciones están sólo basadas en declaraciones realizadas bajo tortura–.

Desobedecer leyes injustas


La sensación de impotencia surgida ante esta situación sólo es comparable al silencio de la mayoría de la clase política española en la oposición, a la timidez de las protestas de gran parte de la clase política vasca y a la tenacidad con la que miles de personas mediante los “muros populares” han desobedecido los dictados judiciales. Antes de que la temida frustración ahogue las ganas de cambio, una vez más la eterna pregunta retumba entre los movimientos populares y fuerzas de izquierda: ¿qué hacer? O, dicho de otra manera, ¿cómo salir de la espiral represiva para basar el debate en términos de respeto a los derechos personales y colectivos?

¿Que la respuesta debe ser democrática? Por supuesto. Pero las preguntas son las siguientes: ante el inmovilismo, la cerrazón y la mentalidad autoritaria de los gobiernos españoles –sea en su versión original (PP) o edulcorada (PSOE)– para con estas cuestiones relacionadas directamente con derechos universales, ¿hay algo más democrático que desobedecer leyes injustas y no colaborar con quien castiga al diferente y desoye las mayorías? ¿Existe realmente una verdadera alteración de la relación de fuerzas para creer que un cambio de siglas en el Gobierno español posibilitará afrontar estos problemas desde la raíz?

Tal vez estos tiempos inciertos sean un buen momento para explorar alternativas al cambio basado en el “asalto a los cielos” institucional por la “vía rápida” y plantear el cambio político en su completa expresión: el profundo cambio de los valores por los que regimos nuestro modo de vida, uniendo discurso y práctica, cambiando nuestra forma de vivir para cambiar las formas de gobernar. Por un lado, empoderándonos mediante la pedagogía de la dialéctica y la acción desobediente, y por otro, impulsando e interrelacionando alternativas basadas en lógicas anticapitalistas que doten de dimensión política a nuestras decisiones cotidianas.

No hay soluciones monocolores ni mágicas, pero la incesante involución de la legislación vigente a posiciones más punitivas y represivas nos urge a buscarlas. Si las leyes están al servicio de la sociedad en nombre de quien las ha creado, valga el amplio rechazo de la sociedad vasca a los juicios de índole política para invertir los papeles y que, tal y como han expresado los cinco compañeros de Askapena imputados, sean las leyes injustas las sometidas a juicio.

Un texto de Axier López , periodista de ‘Argia’

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