viernes, 25 de septiembre de 2015

TSIPRAS, O LA NORMALIZACIÓN QUE NOS MATA

tsipras, traición,

Grecia ya es un país normal. Las elecciones han sido las normales. La campaña ha sido la normal, sin injerencias externas; las pocas, favorables. El clima político, el normal, una mezcla contradictoria, entre la resignación y el “no ha podido ser”. La abstención, la normal, es decir, creciendo y mucho, no es bueno que la política provoque pasiones —los terribles populismos, tan dañinos para la estabilidad—, esta debe ser razonablemente aburrida y lejana. No ha habido polarización real, solo lucha por la alternancia entre la buena derecha y, ahora, la buena izquierda. Los medios han jugado a lo normal, escorándose a la derecha, pero sabedores —las encuestas estaban ahí— de que Tsipras podía volver a ganar; sin pasarse, pues; lo más neutrales posible. Todo normal, Grecia, gracias a Tsipras, ha sido normalizada y los griegos han aceptado la derrota como inevitable, al menos, por ahora.

¿Qué se elegía realmente en estas elecciones? Quién y cómo se iba a gestionar el programa de la troika, porque de eso se trataba y de eso se trata. Los hombres de negro hace tiempo que volvieron a Grecia y tienen acceso directo a las estadísticas públicas. Como comisarios políticos que son de la troika, tienen que discutir con los funcionarios griegos, cada punto, cada ley, cada decreto administrativo, cada resolución. La Grecia normalizada, la Grecia domesticada, va a aplicar ahora, democráticamente legitimado, el programa dictado por los enemigos del pueblo griego.

Algunos me han criticado por hablar de transformismo al referirme a Tsipras. Ahora, con su gloriosa victoria, se ve con claridad lo que realmente significa el término que tan profusamente emplearon los padres de la ciencia política italiana y que Antonio Gramsci hizo suyo: los enemigos de la troika, los mismos que ganaron credibilidad y prestigio enfrentándose a ella, aplicarán ahora su programa, un programa que Syriza calificaba, no hace mucho tiempo, de austericida. Se trata de una victoria completa de los que mandan hoy en Europa, en íntima y natural alianza con la oligarquía de ese país. Es hegemonía de la buena, de la que crea consenso, de la que dura en el tiempo: hegemonía acorazada de coerción.

Ahora todo el mundo es de Tsipras, la normalidad nos acecha. Cuando se habla del realismo de Tsipras, de su pragmatismo, hasta de su valentía por aceptar la realidad tal como es, es decir, inmodificable, inmutable, incambiable, se olvida que todo el enorme capital político acumulado por Syriza se hizo defendiendo un proyecto que tenía en su centro la reivindicación de la soberanía popular, la salida urgente de la austeridad y el respeto por los derechos sociales de las mayorías. Con este proyecto, con un líder joven con fama de sincero y con una movilización social imponente, Syriza derrotó a la derecha y aniquiló al Pasok. Cuando se mira sólo el final de la película y se intentan sacar lecciones de la experiencia griega, no se debería olvidar que los pragmáticos de hoy fueron antes irrealistas, utópicos y, sobre todo, rebeldes que no aceptaron las reglas del bipartidismo dominante; que hicieron de la insubordinación moral y política un poderoso instrumento contra una casta que vendía el país al por mayor, que, en definitiva, construyeron la esperanza de un pueblo y reconciliaron la democracia con la justicia, con los derechos de las mayorías, con la soberanía del país. Hoy, esta fuerza política ha sido normalizada, domesticada y convertida en la mano izquierda de los que mandan y no se presentan a las elecciones.

François Hollande lo ha dicho con mucha claridad, la victoria de Tsipras tendrá una gran influencia en la izquierda europea. Claro que sí, en esto tampoco se equivoca el también pragmático y realista presidente francés. El mensaje es claro y la Grecia normalizada lo prueba: no son posibles programas de izquierda en esta Europa alemana del euro. Lo que realmente tienen que hacer las poblaciones y una clase política responsable es defender propuestas compatibles con Bruselas, con las sabias y ponderadas propuestas de la incomprendida troika y, más allá, de la buena señora Merkel. Si no es así, si siguen apostando irresponsablemente por los populismos, serán penalizadas, serán castigadas, después de un largo proceso de criminalización y de desprecio.

Este mensaje es de masas. Estará en el centro de nuestras próximas elecciones. Un conocido dirigente de la izquierda española ha dicho, hace pocos días, que estas cosas ocurren porque se hacen propuestas que no se pueden realizar, propuestas irrealistas, inaplicables dada la correlación de fuerzas. La consecuencia lógica de esto es también clara y distinta: hay que hacer programas compatibles con la troika o que al menos respeten sus “líneas rojas”, solo esos se pueden realizar. Esto tiene, al menos, dos problemas: 1) que el capitalismo monopolista-financiero dominante —la troika es su expresión política— exige, en su normal y cotidiano funcionamiento hoy, sacrificios humanos en derechos, en libertades, en condiciones de vida y de trabajo, incompatibles con cualquier tipo de reformismo fuerte o débil; 2) que en España existe ya un partido capaz de realizar estos gloriosos y realistas cometidos sin necesidad de grandes mutaciones ni de grandes esfuerzos programáticos o de imagen: el Partido Socialista Obrero Español.

Los que están de vuelta sin haber ido a parte alguna empiezan a defender aquello de que al final nada pasará y que los que mandan lo seguirán haciendo sin grandes complicaciones. La vida es lucha y lo de Grecia nos dice que nuestras clases dirigentes tienen mucho poder. Se puede continuar con aquello de quien construye en el pueblo construye sobre el barro y que no hay más cera que la que arde. Cambiar la sociedad en un sentido democrático e igualitario nunca fue fácil. Algunos venimos de una tradición que partía de una afirmación audaz: conocer el mundo para transformarlo. Ese mundo, la realidad, era contradictoria, contenía pliegues diversos y muchas veces antagónicos. La “realidad de lo real” no es única y apunta a varias direcciones posibles. Hay realistas irreales, por así decirlo, y realistas reales. Bertolt Brecht, en el Me-ti, llamó a estos últimos dialécticos. Una cosa es segura: la normalidad de nuestros “realistas” nos mata.

Un texto de Manolo Monereo en Cuarto Poder.

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