sábado, 29 de agosto de 2015

UN HERODES CON BARRAS Y ESTRELLAS

barras y estrellas,

Ocurrió hace exactamente siete años. El 22 de agosto de 2008, aviones de Estados Unidos bombardearon la aldea de Azizabad, en Afganistán, y mataron a 91 civiles, 61 de ellos niños que en su mayoría tenían menos de ocho años. El mando militar norteamericano se limitó a decir que había eliminado a “treinta talibanes” y que “por error, habían muerto algunos civiles, quizás tres mujeres y dos niños”. Pero las evidencias del crimen eran tan comprobables que hasta el presidente títere afgano, Hamid Karzai, tuvo que desmentir al Pentágono y una investigación posterior de la ONU comprobó que se trató de una masacre de civiles, cuyas principales víctimas fueron 61 niños pequeños. 

El asesinato de chicos ha sido una constante en las guerras emprendidas por Estados Unidos, que a lo largo del tiempo ha causado millones de muertes de niños en Puerto Rico, México, Panamá, Filipinas, Japón, Alemania, Corea, Vietnam, Yugoslavia, Afganistán, Irak o Pakistán, para nombrar a algunos de los países agredidos. 

Las matanzas quizás se iniciaron en el siglo XVII en territorio propio cuando, según la historia oficial, en 1621 los colonos de Plymouth compartieron una cena con los indígenas para dar gracias por la primera cosecha exitosa de los inmigrantes en América y retribuir a los wampanoags -los nativos de la zona- por haberles enseñado lo que se necesitaba para sobrevivir en el Nuevo Mundo. Así cuentan que nació el Thanksgiving o Día de Acción de Gracias, en el que las familias se reúnen para comer un pavo en el cuarto jueves del mes de noviembre. Pero la historia oral de los wampanoags es muy diferente y da testimonio de la matanza sufrida por sus antepasados a manos de esos colonos anglosajones, con la excusa de desarmar a los indios, a quienes los recién llegados persiguieron con armas de fuego, cañones y antorchas. Los wampanoags mantienen la memoria de la masacre de todos los niños de una aldea. El escritor Russell Means afirma que “en 1970, los wampanoag nos entregaron una copia de la proclama de Thanksgiving, hecha por el gobernador de esa colonia (William Bradford). El texto revela la infame verdad: Después de que el ejército regresó tras asesinar a los hombres, mujeres y niños de la aldea india, el gobernador proclamó un día de fiesta y un festín para dar gracias por la masacre. Además, exhortó a otras colonias a seguir su ejemplo, es decir, cada otoño después de la cosecha, vayan y maten indios y celebren su muerte con un banquete”. Parece que éste fue el verdadero origen del Día de Acción de Gracias que cada año se celebra en Estados Unidos. 

A lo largo del siglo XIX, más de doscientos mil indios fueron asesinados en América del Norte y 100.000 de ellos eran niños. Durante la guerra contra México, en la que entre 1846 y 1848 Estados Unidos le arrebató a su vecino el 54% de sus territorios, entre ellos los actuales estados de Texas y California, el brigadier general Zachary Taylor cometió numerosos infanticidios en Matamoros, Monterrey y otras ciudades. Su propio ayudante, el teniente coronel Ethan Allen Hitchcock calificó como un “monstruo con botas” a Taylor, quien fue premiado poco después con su elección para ocupar la Casa Blanca. 

También las tropas al mando del general Winfield Scott asesinaron a cientos de niños en las múltiples masacres que cometieron en la Ciudad de México, algunas de ellas después de la rendición final del país.

En 1901, durante la guerra para apoderarse de Filipinas, al llegar el general Jacob Hurd Smith a la zona de Caloocan, en la provincia de Samara, dio a sus tropas una orden despiadada que fue ampliamente reproducida por la prensa: “Maten a todo el que tenga más de diez años”. En cuatro años de guerra, más de cien mil niños fueron asesinados. 

Impiadosa también fue la masacre de Dresde, la hermosísima capital del estado de Sajonia, en Alemania, conocida como “la Florencia del Norte”, un tesoro artístico con mil años de historia. Durante la Segunda Guerra mundial, la Cruz Roja Internacional declaró a Dresde “ciudad hospital” y “refugio de los niños”. Muchas familias alemanas que vivían en zonas ya destruidas enviaron allí a sus pequeños para protegerlos. Pero al final del conflicto bélico, con el Reich ya desintegrado, el ataque Aliado desde el frente del oeste fue indetenible y se desató un infernal bombardeo sobre la ciudad que duró dos meses. Fue una represalia, sin importar que las víctimas fueran civiles. Entre febrero y abril de 1945 las bombas incendiarias estadounidenses e inglesas convirtieron a Dresde en una gigantesca antorcha. Cuarenta mil niños murieron, la mayoría de ellos carbonizados. 

El 9 de marzo de 1945 se produjo “The Great Firebombing of Tokio”, cuando oleadas de bombarderos B-29 lanzaron bombas incendiarias sobre el barrio obrero de la capital japonesa donde residía un millón de personas, en su mayoría niños, mujeres y ancianos, ya que los varones mayores 16 años estaban en el servicio militar, protegiendo las costas. No hubo escapatoria. El ataque duró todo el día sobre el barrio con casas de madera y plástico. Al amanecer siguiente se contabilizaron ciento veinte mil cadáveres; de ellos, 60.000 eran de niños. 

La aniquilación de chicos, mujeres y ancianos en el caserío My Lai, en el pueblo Song My, el 16 de marzo de 1968, del que se registraron fotografías que dieron la vuelta al mundo, sólo fue una muestra de lo que ocurrió en la guerra de Vietnam. Se estima que de los tres millones de civiles que murieron en su mayoría destrozados por las bombas de los aviones estadounidenses, más de medio millón fueron niños. 

La lista de las masacres infantiles a través de la historia de Estados Unidos es interminable y prácticamente abarca todo el globo terráqueo. ¿Cuántas víctimas, por ejemplo, provocó la invasión norteamericana a Panamá el 20 de diciembre de 1989 para llevarse secuestrado a Antonio Noriega? Aún hoy se desconoce el número, pero se estima que más de 4.000 personas murieron por los bombardeos de la aviación contra la humilde barriada de El Chorrillo, con casillas de madera, donde había una altísima población de chicos. Rápidamente se abrieron y taparon las fosas comunes. 

Se cree que más de treinta mil niños fueron quemados vivos en Hiroshima en la mañana del 6 de agosto de 1945, cuando la primera bomba atómica de la historia cayó sobre una población civil. El número de pequeñas víctimas aumentó a 40.000 cuando tres días después ocurrió lo mismo en Nagasaki. 

Herodes el Grande fue rey de Judea, Galilea, Samaria e Indumeria desde el año 40 antes de Cristo. Su nombre está asociado a la matanza de los inocentes, porque ordenó ultimar a todos los niños menores de dos años residentes en Belén y alrededores, después que los magos le revelaron que más o menos tendría esa edad el Mesías, el rey de los judíos que lo destronaría. Este hecho está relatado en la Biblia y, aunque no ha sido confirmado por los historiadores, Herodes quedó convertido en el mayor y más despiadado infanticida de la historia. Mejor prensa han logrado en todo este tiempo los gobiernos de Estados Unidos, a pesar de que ya acumulan cuatro siglos de matanzas ininterrumpidas sin que mucha gente se estremezca de horror cuando ve flamear la bandera de las barras y estrellas. 

(Parte de los datos contenido aquí fueron tomados de investigaciones hechas por Carlos Rivero Collado y Russell Means) 


Fuente del texto:  Resumen Latinoamericano.

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