lunes, 10 de agosto de 2015

GRECIA: ¿QUIÉN ES CULPABLE Y DE QUÉ?

Grecia, culpable,

Cualquiera que haya estado siguiendo los eventos mundiales recientemente no pudo sino leer en los medios los interminables análisis relacionados con las realidades económicas de Grecia. Lo más notable de tales análisis es lo radicalmente diferentes que son unos de otros. No obstante, podemos dividirlos en dos campos principales.

Uno de los grupos dice que las dificultades de Grecia fueron creadas por sí misma, porque los sucesivos gobiernos y ciudadanos griegos gastaron, con imprudencia, dinero que no tenían –para sostener un estilo de vida colectivo más allá del nivel de sus ingresos colectivos. Este grupo tiene una solución simple a los males de Grecia. Hay que cortar de tajo los gastos colectivos griegos de modo de pagar sus extensos préstamos. Los proponentes de esta postura llaman a este programa reforma y dicen que con el tiempo Grecia emergerá más fuerte. Esta visión es sostenida en varios grados por casi todos los miembros de la zona del euro de la Unión Europea. Su vocero más visible e intransigente ha sido el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble. Él mantiene dos argumentos: Grecia debe abandonar la zona del euro temporalmente y debe someterse al estricto pago de todas sus deudas destacadas.

Los críticos de este programa le llaman austeridad y arguyen que es cruel e insensible, y que fuerza a una creciente franja de la población griega a una pobreza abyecta. Es más, dicen, un régimen de austeridad no conducirá, no puede conducir, a ponerle fin a la aguda depresión actual que atraviesa Grecia. Y afirman que cada préstamo sucesivo incrementa, no disminuye, la tasa de desempleo y ha hecho menos posible el logro del ostensible objetivo de restaurar la competitividad de Grecia en el mercado mundial. Entonces, ellos llaman a una condonación sustancial de la deuda y a revertir las demandas de los acreedores que claman en favor de que Grecia haga recortes en las pensiones y en otras partes de la red de seguridad social. La demanda de condonación de la deuda ha ganado un respaldo creciente de prominentes economistas como Joseph Stiglitz y Christine Lagarde, presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI).


¿Cómo fue que Grecia arribó a tal punto de desasosiego económico? El primer debate se centra en cuándo debemos fechar el punto de partida de las desgracias de Grecia –en sí un punto importante de discusión.

Los militantes de las reformas neoliberales comienzan la historia bastante recientemente, en esencia cuando se derrocó a la dictadura militar de 1974 y emergió con fuerza al escenario un partido de izquierda, Pasok, encabezado por Andreas Papandreu. Los críticos de esas reformas comienzan la historia mucho antes, por ahí de la década de 1930, cuando los gobiernos de Europa occidental, en particular Alemania, impusieron un sistema cuasi colonial en Grecia. Esto pone la culpa, llanamente, en las fuerzas capitalistas e imperiales.

Después de 1974 la política griega siguió en muchos sentidos la división usual entre un partido de centro-derecha, Nueva Democracia, y un partido, Pasok, que de inicio fue de izquierda y que fue transitando, paso a paso, a ser de centro-izquierda. Conforme los sucesivos gobiernos aceptaron las condiciones para los préstamos y por tanto más y más austeridad, el espacio vacante en la izquierda vino a ser ocupado por Syriza, un partido nuevo, fundado en 2004, cuyo nombre es un acrónimo griego de Coalición de Izquierda Radical.

Al principio Syriza fue realmente una coalición que reunía una variedad de pequeños partidos que iban de la extrema izquierda a la centro-izquierda. Este partido se distinguió por su fuerte oposición a la austeridad. Su líder vino a ser Alexis Tsipras. En sucesivas elecciones, Syriza ganó más y más fuerza, hasta que finalmente obtuvo el primer sitio en las elecciones de 2015 con 36 por ciento de los votos. Dado que las reglas electorales griegas confieren un bono al partido más importante, esto fue suficiente para otorgarle 149 de los 300 asientos y permitió que Syriza formara un gobierno con el respaldo de un partido pequeño.

Fue en este punto que Syriza tuvo que enfrentar los dilemas de ser gobierno, que no permiten las posiciones fáciles de ser un movimiento radical de oposición. El nuevo gobierno escogió a Yanis Varoufakis como su ministro de Finanzas y como negociador principal con los acreedores de Grecia.

Una de las promesas electorales de Syriza había sido no negociar con la llamada troika lo que debería hacerse. Varoufakis se encontró con que nadie hablaría con él si no hablaba con la troika. No obstante, Varoufakis fue bastante persistente y locuaz acerca de la necesidad de una condonación de la deuda y de un préstamo de transición que permitiera que los bancos griegos mantuvieran su solvencia. Quería ganar un tiempo que le permitiera a Syriza reducir los daños que habían forjado años de austeridad. Y quiso hacer todo esto sin que Grecia abandonara la zona del euro, la llamada grexit.

Cuando las negociaciones dejaron de tener sentido, Syriza llamó de repente a un referendo en Grecia acerca de si se deberían aceptar o no los términos ofrecidos por la troika. Todo mundo, incluido Syriza, supusieron que los resultados serían apretados. Por el contrario, la votación celebrada el 5 de julio arrojó un no (oxi, en griego) que alcanzó un porcentaje tan alto como 61.3 por ciento.

Qué era lo que había que hacer, fue entonces el dilema de Syriza. Su decisión yacía en un restringido comité de seis personas, incluidos Tsipras y Varoufakis. Varoufakis propuso un llamado plan B que había estado preparando durante cinco meses. Esto implicaba establecer un sistema paralelo de pagos por si ocurría un feriado bancario y un control de capitales. Era una especie de grexit, pero en los términos de Grecia. Esto habría tenido por respuesta un desquite mayúsculo por parte de las fuerzas neoliberales. El pequeño comité de seis votó 4-2 contra la implementación del plan B y Varoufakis renunció como ministro de Finanzas. Syriza fue entonces forzado a aceptar una serie aún más dura de reformas que las que habría enfrentado al inicio de las negociaciones.

El locus de la tormenta política pasó ahora a Syriza mismo. Hay quienes priorizan la sobrevivencia de Syriza como partido. Hay otros, de la llamada Plataforma de Izquierda al interior de Syriza, que denuncian a Tsipras como traidor y tal vez tengan la intención de crear un nuevo partido. Y hay otros, como Varoufakis, que piensan que Tsipras falló gravemente en su táctica pero que se mantiene en su compromiso de terminar con la austeridad.

¿Qué conclusiones puede extraer Syriza (y el resto de nosotros) de lo que ha ocurrido? Lo primero que hay que resaltar es lo que no está siendo debatido. Desde el principio, en 2004, Syriza se comprometió a buscar el poder del Estado para implementar sus objetivos. Parece que no se avizoraron rutas políticas alternativas. Pero, por supuesto, buscar el poder del Estado acarrea consigo ciertos costos muy serios. Uno de tales costos es que los gobiernos, todos los gobiernos en cualquier parte, son forzados a hacer arreglos en su trato con el resto del mundo. Eventualmente esto conduce a la clase de división que Syriza está sufriendo en estos momentos.

Lo que se está debatiendo ahora es si permanecer en la zona del euro es algo que mejorará o empeorará la situación. Y es obvio que esto es un asunto de tácticas de corto plazo. A como está construida en la actualidad, la zona del euro es una presión para asumir más políticas neoliberales. Pero retirarse de ella implica serios impactos negativos de corto plazo para las vidas de los griegos. El enorme respaldo al oxi fue un voto en favor de la dignidad de Grecia contra la austeridad y, al mismo tiempo, en favor de mantenerse en la zona del euro.

Podemos esperar que habrá elecciones parlamentarias tempranas, en las cuales Syriza, con Tsipras a la cabeza, enfrentará tiempos difíciles para renovar su mandato. Pero no hay alternativa para Tsipras. Está atrapado en sus decisiones previas y en las prioridades de un partido que desea mantenerse en el poder.

Un texto de Immanuel Wallerstein para La Jornada.

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