jueves, 9 de julio de 2015

TTIP: LA FALSA PROMESA DE RIQUEZA Y EMPLEO

TTIP

Las élites económicas y políticas a ambos lados del atlántico promueven la negociación de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión entre EEUU y la UE (ATCI o TTIP por sus siglas en inglés) en base a predicciones sobre crecimiento del PIB y del empleo. El “pan barato y salarios altos” al que se refería Marx, parece haberse convertido en riqueza y empleo, “el único objetivo en aras del cual los freetraders han gastado millones” (Marx 1848). Sin embargo, el optimismo de estas predicciones solo es posible debido a lo que De Ville (2014) define como “un significativo grado de ambigüedad constructiva”. De Ville se refiere a aquellas variables fundamentales para calcular el impacto del TTIP, que aún están por determinar como el propio resultado de las negociaciones, particularmente en lo que se refiere a convergencia regulatoria. 

La ideología que construye el discurso sobre los beneficios del Tratado se basa en la competitividad. Sin embargo, debemos ser conscientes de que las políticas liberales están orientadas a la competitividad espuria [1] , esto es, rebajar el gasto público y empeorar las condiciones laborales, paradójicamente las principales herramientas para espolear la productividad. Tal y como argumenta Krugman (1994) la obsesión por la competitividad además de derivarse de preconcepciones inciertas, es realmente peligrosa [2] . En el mismo sentido se pronuncia Husson (2013): “La idea de bajar salarios para crear empleo nunca ha funcionado y es una estafa. Cuando se observa a (…) Grecia, España y Portugal vemos una reducción muy fuerte del costo salarial, pero la contrapartida no es una mejor competitividad en términos de precios a la exportación, sino un aumento de las tasas de beneficios”

El aumento de las tasas de beneficio empresarial es inseparable de un mayor grado de explotación de la clase trabajadora, lo cual es realmente preocupante si consideramos la situación de precariedad en la que ya se encuentran los trabajadores del sur de Europa, particularmente aquellos que aun teniendo empleo no logran escapar de la pobreza. Igualmente alarmante es el riesgo de que los Estados Miembros, en su afán por ser más competitivos, aceleren la carrera hacia los Costes Laborales Unitarios [3] (CLU) más bajos. Por el momento, las devaluaciones internas en la mayoría de países europeos están agravando la falta de demanda agregada mediante los descensos en consumo. El efecto en un contexto europeo en el que los países comercian mayoritariamente entre ellos es que ninguno de los países podrá incrementar sustancialmente las exportaciones netas pero todos podrán sufrir el decrecimiento en el consumo, una de las causas fundamentales de la tercera recisión en la UE (Stockhammer 2013). 

Puesto que los sectores que más tienden a reducir los CLU son los oligopolísticos, que en el Estado español son los que más exportan (Garzón 2014), es de esperar que en nombre de una mayor competitividad el TTIP sea utilizado como pretexto para aumentar el grado de explotación de trabajadoras. A nivel estatal, otra particularidad a considerar es la estructura productiva. La menor capacidad competitiva de España frente a Alemania no radica en que este último país tenga unos salarios menores si no en que España, aquellos sectores con menor potencial para aumentar la productividad (como la construcción), tienen una mayor participación en la economía mientras que en Alemania los productos de media-alta y alta tecnología tienen un peso mayor en el PIB nacional [4] (Baratas 2014; Luengo y Vicent 2014 y; Navarro, Vicenç; Torres, Juan y Garzón, Alberto 2001). De hecho, las deficiencias en competitividad de los países del sur de Europa podrían ser perseguidas de forma mucho más eficiente mediante inversión en investigación, innovación tecnológica y manufactura (Navarro 2013). 

A las consecuencias sociales e ineficacia (en cuanto a competitividad) de las bajadas salariales se suma la tesis de que la polarización de rentas –bajadas salariales y mayores beneficios del empresariado transnacional- se encuentra en el origen de las crisis económicas y financieras debido a: (i) la disminución de la demanda y endeudamiento que implican las bajadas salariales y (ii) el aumento de la actividad especulativa como consecuencia de la creciente acumulación de las rentas del capital. (Navarro* 2013) 

A todo lo argumentado habría que añadir que bajo el paraguas de la “armonización” se podría amparar una nueva reforma laboral orientada a sintonizar la regulación europea con la estadounidense. Puesto que EEUU no ha ratificado algunos de los estándares y convenciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) [5] (OIT 2008) la “armonización” en el terreno laboral podría suponer una ley que viola diversos derechos laborales fundamentales. En EEUU, esta ley (llamada “Derecho a trabajar”) además de suponer la restricción sistemática de la libertad de asociación así como de los convenios colectivos, ha provocado una competición entre los Estados por reducir las condiciones laborales en aras de atraer inversiones internacionales y nacionales (Bizzarri 2013). 

Por otra parte, al blindar a las transnacionales, las PYMES se encontrarán en desventajas competitivas, con incapacidad de alcanzar niveles tecnológicos similares y con una escala, volumen de negocio y potencial inversor considerablemente menor que los de las grandes corporaciones. Aspecto particularmente relevante, si consideramos que en la UE el 99% de empresas son PYMES y que son éstas las que generan dos de cada tres puestos de trabajo del sector privado (Vicent 2015). No menos necesaria, es la reflexión sobre los efectos que el Trato tendría sobre el empleo a través de los mecanismos de (i) deslocalización de empresas y (ii) asentamiento de transnacionales con trabajadores extranjeros a ambos lados del Atlántico. 

Un texto de Coral Martínez Erades para Rebelión.

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