lunes, 15 de junio de 2015

LA DEUDA PÚBLICA Y TODAS LAS MENTIRAS QUE LA RODEAN

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Usted y yo, Bill Gates, Amancio Ortega y un inmigrante que pretenda salvar la valla criminal de Melilla para entrar en Europa tenemos contraída una deuda de igual monto derivada de los préstamos solicitados y no devueltos todavía por nuestros gobiernos, comunidades regionales y municipios: 6.800 euros por cabeza. Parece absurdo y lo es. Así lo refleja la estadística de los economistas a sueldo de don capital.

La deuda pública a escala mundial asciende a casi 50 billones de euros, mientras que el PIB de todos los países supera por poco los 70 billones. De esa producción global convertida en dinero o valores financieros, el 25 por ciento, cerca de 18 billones, se encuentran escondidos en paraísos fiscales. Lo aterradoramente absurdo de estas cifras inhumanas es que 85 personas acumulan tanta riqueza como más de la mitad de la población mundial, o sea, 3.570 millones de seres humanos.

Si se sumara a la deuda pública el astronómico fardo de la privada (bancos, empresas, familias) entraríamos en un absurdo de perfil aún superior: el mundo estaría (¿está?) en bancarrota técnica pues las deudas son infinitamente mayores que la producción. En efecto, quedarían las existencias, el ahorro atrapado en viejos bolsillos a costa del consumo y el nivel de vida presente y la riqueza cautiva en las manos de los poseedores de las grandes fortunas, pero los apartados reseñados no cuentan en el despropósito absurdo del capitalismo que basa su razón de ser en la gestión de la escasez y en la plusvalía proveniente de la explotación laboral.

Plusvalía y deuda

Obligaciones de deuda, salarios controlados, excedentes empresariales, dividendos bancarios y pelotazos bursátiles son aspectos de una amalgama denominada régimen capitalista. El quid de la cuestión reside en la forma de distribuir la riqueza. Se dispone de producción suficiente para dar de comer varias veces a la Humanidad al completo, por solo poner un ejemplo más que significativo, pero no se reparte el alimento con la equidad requerida. La ética y la moral nada pueden ante la alianza religiosa de la economía y la política.

¿Cómo es posible que un prestamista acumule un excedente de riqueza que transformada convenientemente por la ingeniería financiera cede a terceros mediante un interés monetario como si fuera dinero propio? Gracias al robo, legalizado o no. O a la plusvalía obtenida previamente en negocios no laborales que genera un ahorro particular extraordinario. O a la especulación con cantidades no necesarias para el gasto vital mínimo. O a través de la gestión colectiva de pequeños fondos de particulares. O extrayendo recursos y materias primas de países pobres a precios de saldo. O… En cualquier caso, las demasías que se destinan a préstamos jamás proceden del trabajo personal de los detentadores del capital sino de procesos financieros o empresariales que acumulan plusvalías que tienen su origen en la producción de facto y en serie del sistema capitalista. El valor añadido es el agregado de factores intangibles que hacen evaporar el fruto real de la producción, esto es, la mercancía, bien, servicio u objeto final. La riqueza real ya no cristaliza en objetos o medios de uso sino en ficciones financieras que nacen del margen hurtado al trabajo por el empresario y de agentes invisibles de intercambio de valores construidos más allá del consumo directo y de las necesidades humanas imprescindibles para la reproducción de la vida.

Los países deben a los bancos


Ahí se oculta uno de los trucos del concepto de deuda pública. Los países captan fondos del mercado y se debe, por ende, a las instituciones privadas que operan como fantasmas en el mismo. En pocas palabras, los países deben a las empresas y jamás al contrario. Cuando se dice, por ejemplo, que Grecia tiene contraída una deuda con Alemania resulta completamente falso: son bancos alemanes los acreedores de los griegos, no el país como tal. Si fueran obligaciones contractuales entre países, las deudas globales y particulares entre ellos quedarían reducidas, modificadas o condonadas de modo más sencillo y transparente, restando o cancelando cantidades que se superponen entre sí y obteniendo saldos simples a favor o en contra. Pero la realidad resulta más sofisticada y compleja. Bancos españoles pueden ser acreedores a la vez de Alemania, Grecia y España. Y entidades de cualquier país de otros terceros. Por ello, cuando los gobiernos de turno defienden los intereses de todos los habitantes en la deuda de un país dado la mentira que deviene es colosal: solo hablan en interés de bancos o empresas privadas anónimas, jamás en el mal utilizado interés público o general.

Por tanto, la deuda pública es una falacia ideológica y política tal y como se plantea por los gurús financieros, analistas de mercado o bursátiles y los ministros de finanzas, hacienda o economía de los países occidentales. Sobre esa falacia argumental y su lógica absurda descansa el sistema neoliberal de la globalidad contemporánea. Iríamos aún más lejos: toda deuda pública es ilegítima porque se ha conformado en origen en la expropiación de parte del trabajo realizado mediante la plusvalía obtenida por el capital. Toda acumulación de capital se tiene que llevar a cabo necesariamente robando tiempo de trabajo no remunerado. En el caso especial de los bancos o entidades financieras, estos entes no son más que depósitos de capital y trabajo mezclados que mueven a su antojo ingentes cantidades de dinero ajeno como si fuera propio para rentabilizar únicamente su modus operandi particular y el de los clientes de mayor rango comercial, industrial o financiero. El ahorro doméstico aquí juega aquí un papel subalterno, sin voz ni voto.

Deudas comparadas

Veamos ejemplos y comparativas alrededor de la deuda pública y también de la privada, tomando a España como país de referencia. Son datos que en muy raras ocasiones merecen titulares explicativos en los principales medios de comunicación. ¿Saben ustedes cuál es el país de mayor deuda externa en comparación con el porcentaje de su PIB? España, que debe a bancos y entidades extranjeras más de un billón de euros, por encima del cien por cien de su producción anual. EE.UU. debe más de 4,5 millones pero esta cantidad representa menos de un tercio de su PIB. Por tanto, los españoles somos campeones mundiales cum laude en deuda externa ponderada. Un mérito dudoso, pero así de paradójica y contrahecha es la manida marca España.

Sigamos con España. Nuestra deuda pública, un billón de euros, representa casi el cien por cien del PIB. Cada habitante debe más de 20.000 euros. ¿A quién? Esta respuesta siempre la esconden los gobernantes y jamás los acreedores sacan pecho con nombre y apellidos. Primera sorpresa: el principal acreedor del Estado es la banca española (¿250.000 millones de euros?), el Banco Santander y el BBVA tirando del motor lucrativo con unos 90.000 millones entre los dos. Otro acreedor de postín son nuestras pensiones futuras o dicho a lo fino el Fondo de Reserva de la Seguridad Social. Algunas estimaciones indican que el desfalco de la Seguridad Social ronda los 60.000 millones de euros.

Otros acreedores punteros: el Banco Central Europeo, entidades bancarias alemanas y francesas, aseguradoras y fondos de inversión (Blackrock, JP Morgan, PIMCO, Fidelity, Carmignac…), particulares (uno por ciento) y empresas españolas de carácter no financiero.

Aunque siempre se pone el acento en la deuda pública, la privada en España representa alrededor del 85 por ciento de la suma de ambas. Del 16 por ciento que corresponde a la deuda pública, las tres cuartas partes son imputables a la administración central, el 20 por ciento a las comunidades autónomas y el resto a los ayuntamientos. En torno a la quinta parte de la deuda privada es de las familias y más del 60 por ciento es atribuible a los bancos, entidades financieras y empresas.

La deuda total española podría estar situada en la inefable cota de 4,25 billones de euros, cuatro veces el PIB, siendo los principales acreedores de la deuda externa instituciones y entes, entre otras de menor cuantía, de Alemania, Francia, EE.UU., Gran Bretaña e Italia. En román paladino quiere decir que siempre estaremos endeudados. Ahora bien, ¿para qué quiere un acreedor deudores que jamás podrán saldar su deuda? Una cosa es rotundamente cierta: cliente muerto no paga. Lo óptimo sería asfixiar al máximo para sacar el mayor jugo posible al factor trabajo (explotación laboral intensiva llamada productividad salvaje, pluriempleo…). De por vida. En el fondo, esa es la filosofía de las hipotecas con vencimiento a largo plazo: apretar pero nunca ahogar del todo, salvo en tiempos de crisis aguda.

¿Tiene el binomio deuda pública/PIB alguna relación específica con la riqueza o estabilidad económica de un país concreto? Pues depende de la perspectiva que se adopte. Nadie diría que Japón y EE.UU. sean paradigmas de países pobres, sin embargo los nipones son los líderes destacados en la clasificación mundial de deuda pública vinculando este factor al porcentaje que ocupa de su PIB. En el caso de Japón, más del 250 por cien: 12,5 billones de euros. Cada japonés tiene una deuda simbólica o nominal de 85.000 euros. Por su parte, cada estadounidense debe más de 40.000 euros de una deuda pública global de unos 18 billones de euros, más del cien por cien del PIB USA.

Los datos de la grandiosa y todopoderosa Alemania de Merkel tampoco arrojan resultados espectacularmente positivos. Su deuda pública supera los 2 billones de euros, el 80 por ciento de su PIB, lo que viene a decir que cada alemán debe al mundo (o sea, los bancos) unos 25.000 euros.

Las cifras anteriores contrastan bastante con las de otros países a los que la propaganda capitalista teme, ningunea o acosa ideológicamente de manera sistemática. China registra una deuda pública de 2 billones de euros, el 20 por ciento de su PIB, y cada uno de sus habitantes debe unos 1.000 euros. En el caso de Rusia, su deuda pública viene a ser el 10 por ciento del PIB, menos de 300 mil millones de euros, alrededor de 1.200 euros de deuda per cápita. La deuda pública de Venezuela, por último, se estima en unos 50 mil millones de euros, el 60 por ciento de su producción anual bruta. Cada venezolano tiene una deuda de aproximadamente 7.000 euros.

Deuda y gasto militar

La deuda pública, por tanto, es un instrumento o mecanismo de dominio y hegemonía del mundo rico sobre los países pobres, de tamaño mediano o periféricos en el orden capitalista de la globalidad. No existe una relación directa y absoluta de causa-efecto entre deuda y peso político en el concierto internacional. De hecho, los países más endeudados son los exponentes predilectos del capitalismo más genuino y avanzado: Japón y EE.UU.

Otrosí. La deuda representa la subordinación del poder político, la geografía, la historia, la cultura y la demografía a las multinacionales, el mercado, los paraísos fiscales y el poder financiero. En este sentido, la deuda pública es puro artefacto ideológico que expresa la hegemonía de la elite dominante del régimen capitalista.

Ahora bien, además de la ideología y la política, sin el brazo militar nada sería como es en la realidad actual. La falacia económica hay que defenderla también a golpe de guerras humanitarias e incursiones quirúrgicas de carácter bélico para dejar bien sentado quien manda en última instancia, esto es, en qué bando habita la santa verdad oficial. Cada día, el mundo gasta en el sector militar 70 millones de euros. Multipliquen y verán la descomunal cifra que da convertida en periodos de semanas, meses, años…

Pero no todos los países gastan lo mismo. El gasto militar de EE.UU. representa el 40 por ciento del total mundial. Con sus aliados de la OTAN, el montante asciende al 60 por ciento. Austeridad no rima con militar.

EE.UU. dedica 3,5 veces más recursos económicos a su estamento militar que China y 7 veces más que Rusia. Después de los tres países citados, invierten más en el capítulo militar Arabia Saudí (¡¡¡???), Francia, Gran Bretaña, Alemania, Japón (¡?), India y Corea del Sur (¡¡¡???).

Elite, clase trabajadora y pobres

Como colofón, podríamos señalar que el mundo de la deuda pública segmenta a las personas en tres tercios muy definidos: la elite, la clase trabajadora activa y los pobres de solemnidad más los marginados de todo tipo y condición. En esta división parece a simple vista que los pobres y marginados nada aportan a la producción global, pero se trata de una apreciación equívoca. La pobreza y la marginación, además de ejército de reserva laboral, sirven para recordar a los trabajadores, trabajadoras y clases medias que siempre se puede caer más bajo en la miseria si no se aceptan las condiciones inherentes al sistema capitalista.

De su materia, nos referimos a los pobres y los marginados, se producen miedos emocionales dirigidos a la población estándar y sirven asimismo para moldear a partir de su magma indiferenciado agentes sociales malvados, chivos expiatorios y otros alter ego (rebeldes, antisistema, terroristas…) de índole diversa y coyuntural con los que alentar conflictos transversales que no permitan ver con claridad los procesos de dominio biológico, tecnológico, económico, ideológico y político que van de consuno con el capitalismo occidental.

¿Se imaginan un mundo sin deuda pública ni deuda privada? Para que los sueños no se hagan colectivos ni se eleven a conciencia política se inventó el gasto militar. La ecuación resulta evidente: a mayor deuda pública en su conjunto y de riesgo de impago, más gasto militar en general. En términos sociales también tiene su fórmula correlativa: más paro y pobreza, mayor represión legal y policial. La historia está ahí para corroborar dicha tesis.



Un texto de Armando B. Ginés

Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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