jueves, 21 de mayo de 2015

MIEDO A LA LECTURA

lectura

Está fuera de Madrid cuando recibe un mail de alguien que, con toda lógica, le pregunta si, dado que pertenece al mundo del libro, podría escribir sobre lo que implica que hayan detenido a unas personas siendo uno de los motivos o de los indicios o, en fin, un dato relevante para el juez la posesión de un libro. En el mail, el libro se nombra algo como c*n-r* l* d*mxcr*ci*, y de él se dice: tiene sólo 83 páginas valientes, en las que se traza una genealogía breve de la historia de la democracia, se expresan unas ideas políticas y se expone una apuesta clara y generosa por las personas.

Las detenidas participaban en CSOA, centros sociales ocupados autogestionados. Así se formó ella políticamente, en una escuela ocupada y autogestionada desde donde se enseñó a leer a cientos de personas analfabetas en el Madrid de los años ochenta. Hoy interpreta la realidad más en clave de marxismo que de anarquismo y, sin embargo, sigue sabiendo que algunas observaciones de esta corriente política son imprescindibles para separar el poder, el “poder hacer”, de la dominación. Quiere leer el libro, pero duda si descargárselo, pues está en casa de unos amigos y quedará huella y, un día, unos policías pueden entrar y registrar la casa de sus amigos, inquietar a los hijos o detener al padre y a la madre. Hay campañas, piensa entonces, a favor del miedo a la lectura. Al final lo descarga, pues puede probar su estancia en esa ciudad ese día; además, en la casa le dicen que no tema. Lo lee, coincide con la persona del mail. Aunque cualquiera puede encontrar el título del libro en las noticias sobre las detenciones, se pregunta si citar su título completo sin condenarlo puede comprometer al medio que ahora lees y ya la pregunta daña.

La realidad suele ser poco clara, pero algunas cosas deberían estar bastante claras. El mundo se indigna cuando la mano de un policía toca el cogote de un exministro acusado de haber desviado dinero en cifras que habrían servido, pongamos, para construir varios centros de salud y hacerlos funcionar. En cambio, las otras nucas, y la incertidumbre de las familias, y la desproporción, se callan. Discrepar no es apropiarse de dinero, esfuerzo ajeno, vida; es crepitar distinto, cuestionar la hoguera de lo establecido. Ese libro discrepa sin buscar la destrucción de una raza ni el abuso de los cuerpos ajenos ni la opresión por desigualdad, y prohibirlo es acallar ruidos como buscando que todo suene igual, siga igual.

Un texto de Belén Gopegui en Diagonal periódico.

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