jueves, 21 de mayo de 2015

BIN LADEN: EL MITO AMERICANO

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Seymour Hersh asegura que la versión oficial sobre la muerte de Bin Laden es un camelo, una mala película. Que ni el líder de Al Qaeda vivía en una finca a 60 kilómetros de Islamabad, ni los militares montaron una operación secreta ayudados por la CIA, ni arrojaron luego el cadáver desde un helicóptero al mar. Si esto es verdad, probablemente los rostros de estupefacción de Obama, Hillary Clinton, Joe Biden y el resto de la plana mayor de la Casa Blanca nos obligan a suponer que aquel día estaban viendo otra clase de película, tal vez un video porno en lugar de la célebre sesión de cine snuff por poderes.

El final de Bin Laden, la bestia negra de los Estados Unidos durante las dos últimas décadas, está tan difuminado entre nubes de misterio como sus comienzos de guerrillero en Afganistán contra el todopoderoso ejército soviético. La oscura trayectoria del millonaurio saudí continúa la estela de otros mitos posmodernos: Marilyn Monroe, Elvis Presley, Paul McCartney. En ellos, aunque la biografía oficial entre en franca contradicción con el chascarrillo, al final todo vale. Según no pocos frikis musicológicos, Paul murió en un temprano accidente de tráfico anunciado como cuatro o cinco discos antes e implícito en otras tantas portadas posteriores que ellos analizan con el mismo entusiasmo de un ufólogo destripando pirámides. Muerto Paul, ante el temor de que los jóvenes británicos se levantaran en armas, una conspiración (que enhebraba al gobierno, a la policía, al resto del grupo, a la casa de discos y a un montón de sordos) dictaminó que fuese reemplazado por un clon que no sólo cantaba y tocaba igual que él sino que acabaría componiendo algunas de las mejores piezas de los Beatles. La historia recuerda la disputa de ciertos eruditos isabelinos, que niegan tozudamente que el autor de las obras de Shakespeare fuese William Shakespeare, pero que tampoco se decantan por Francis Bacon, sino por un bardo desconocido llamado por puro azar William Shakespeare.


Una buena estrategia para colar una mentira es soltar una barbaridad todavía más gorda, de ahí quizá los rumores, sostenidos por ciertos órganos conspiranoicos, de que Bin Laden sigue vivo y maquinando otro atentado apocalíptico. Esta teoría resulta tan deliciosa como la supuesta inmortalidad de Elvis, quien no sólo no murió sino que mantiene el mismo traje, el mismo tupé, la misma edad y los mismos michelines en diversas apariciones fantasmales en clubs de carretera sólo para huir del gran coñazo de la fama. Bin Laden, el Elvis Presley del terrorismo islámico, también es otro zombi del espectáculo, otro Walt Disney ultracongelado a la espera de su resurrección en cuanto se inicie el declive del Estado Islámico.

Porque la versión oficial del asesinato del terrorista más buscado está tan llena de agujeros de bala como de los otros. Y el último torpedo lanzado contra ella no viene de ningún friki antiyanqui ni brilla en un foro de internet para crédulos profesionales, ni siquiera sale en el maremoto de revelaciones de Snowden. Sino que está publicada nada menos que en la London Review of Books y viene firmada por un periodista galardonado con el Pulitzer, el mismo que destapó el oprobio de la cárcel de Abu Grahib en 2004 y la matanza de My Lai en 1969. Lo más escandaloso del reportaje de Seymour Hersh es que se parece sospechosamente a la película de Rambo distribuida en los mejores cines del planeta. Sólo que el espionaje, el heroísmo y el tiroteo han sido sustituidos por una burda delación y una ejecución ordenada por Obama. Por lo demás, la historia oficial de Bin Laden también empezó en otra película de Rambo.


Un texto de David Torres en Público.

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