martes, 24 de marzo de 2015

Y OBAMA SE QUITÓ LA CARETA

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Al final del carnaval, Barak Obama se sacó la careta de Nobel de la Paz, y como presidente de Estados Unidos dio una orden ejecutiva -sin necesidad de pasar por el Congreso- para declarar como “emergencia nacional” a Venezuela por su “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y política exterior” de EE.UU. No creo que ningún estadounidense se haya sentido o se sienta amenazado por Venezuela. Lo que no ha cambiado, son las apetencias de Washington por adueñarse del petróleo venezolano.

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) rechazó las sanciones -a las que calificó como amenaza injerencista a la soberanía y al principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados- y solicitó a EE.UU. derogar el decreto donde se cataloga a Venezuela como una amenaza inusual y extraordinaria para su seguridad. Los cancilleres, reunidos en Quito, también pidieron a EE.UU. resolver sus diferencias con Venezuela mediante el diálogo, y no con la imposición de sanciones que violan todo derecho internacional.

Si bien no hay duda de la agresividad imperialista, sí la hay respecto de sus capacidades para llevarla adelante. Su preocupación mayor quizá sea la germinación de las semillas que sembró Hugo Chávez, no solo en América Latina. La provocación de Obama se trata de una escalada de guerra sicológica y una preparación para un mayor intervencionismo. Los estrategas estadounidenses quieren descarrilar los gobiernos progresistas en la región. Apoyan e incitan la desestabilización en Argentina y Brasil, preocupados por los abruptos cambios incluso en Europa (Grecia y España, principalmente), con movimientos promovidos por el pensamiento y acción del líder bolivariano.

En lugar de una invasión inmediata a Venezuela, seguramente EE.UU. persistirá con la guerra económica, el terrorismo mediático, el acoso político, la acción militar limitada a partir de comandos paramilitares enviados desde Colombia, y el debilitamiento de la unidad en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). “Están buscando muertos y sangre para desestabilizar a Venezuela”, señaló el presidente Nicolás Maduro.

Pero además, lo que busca EE.UU. es debilitar los organismos de integración en los que Venezuela tiene mayor influencia, como Alba, Petrocaribe, Mercosur, y de allí en adelante, Unasur y Celac, y destruir el Banco del Sur. Asimismo, tensionar a la diplomacia y los medios contra Venezuela, poner a prueba la solidaridad regional, y facilitar las acciones violentas dentro del país, para estimular la desestabilización, el descontento y el caos.

Las intenciones estadounidenses parecen quedar en evidencia cuando el Nuevo Herald de Miami informa que Petróleos de Venezuela (PDVSA) quedó bajo la lupa de las autoridades financieras estadounidenses, luego de que el Departamento del Tesoro encontrara a la empresa estatal venezolana inmersa en una gran operación de lavado de dinero, dictamen que podría tener graves repercusiones en las futuras operaciones del principal pilar económico del país sudamericano.

Por el estado de emergencia, Obama obtiene poderes excepcionales que le permiten, por ejemplo, imponer sanciones o congelar ciertos bienes (¿tendrá en la mira a la petrolera Citgo, de capitales venezolanos?).

Obama no fue nada original: repitió el verso que sus antecesores y él usaron para invadir tantos países: sin siquiera ruborizarse, dijo estar “comprometido en hacer avanzar el respeto por los derechos humanos”, aun cuando su país jamás firmó la Convención Americana sobre Derechos Humanos, e impuso la tortura aberrante en Abu Ghraib y en Guantánamo. Es el mismo país que reconoció que mintió sobre las armas de destrucción masiva en Iraq (no las hubo hasta que llegaron sus tropas) y el acusado de armar ejércitos fundamentalistas para desestabilizar regiones; es donde rige la impunidad policial para asesinar jóvenes negros.

La contraofensiva de EE.UU. y la derecha latinoamericana insiste en desacreditar gobiernos legítimamente electos para derrocarlos de una u otra forma. Es a esto lo que la nueva terminología de la derecha llama “transición”, lo que ha terminado en golpes burdos en Paraguay y Honduras, y en operaciones más sofisticadas, con importante apoyo mediático, que inducen movilizaciones supuestamente no partidistas, como está haciéndose ahora en Argentina y Brasil.

En Venezuela aquellas primeras campañas mediáticas de inicios de milenio instigaron movilizaciones “apolíticas” y culminaron en un cruento golpe de Estado. Luego, tras la elección de Nicolás Maduro, reprodujeron el esquema suponiendo que sin Chávez eso podía resultar… pero no lograron derrocar al gobierno.

Venezuela va a elecciones legislativas antes de fin de año, con una derecha fragmentada que ahora se envalentona en su obstinación golpista, y que busca un relevo constitucional. Si la oposición ganase, podría convocar a un referéndum para revocar el mandato presidencial. Lo que falta por saber es si el chavismo irá unido.

UN ATAQUE A LA REGION

Con esta medida, Obama se quita la careta y desnuda a su país como potencia intervencionista en vísperas de la Cumbre de las Américas, en abril, en Panamá, donde el proceso de normalización de relaciones con Cuba ofrecía una notable oportunidad de reacercamiento con América Latina.

En realidad, las amenazas de Obama no son solo contra Venezuela, sino sobre todo contra América Latina. De las acciones injerencistas de todo tipo, pasó ahora a hechos más concretos. El salto cualitativo es evidente: de la repetición de comunicados y declaraciones de funcionarios de primera y segunda línea, se pasa a un decreto firmado por el mismísimo Obama.

El presidente Nicolás Maduro dijo que Obama “eligió su camino” contra Venezuela y aseguró que Obama asumió la desestabilización directamente en sus manos por el fracaso de varios intentos anteriores para terminar con su gobierno, entre los que contabilizó el portazo opositor en la designación de autoridades de poderes públicos, en noviembre del año pasado, hasta el intento golpista con aviones militares que -insistió- pretendía llevarse a cabo en la segunda semana de febrero de este año.

Los argumentos ofrecidos ofenden la sensibilidad y la inteligencia de millones de latinoamericanos y abochorna a millares de ciudadanos pensantes en Estados Unidos, señala el escritor y académico panameño Nils Castro. De nada vale la mojigata explicación de que con tal iniciativa se cumple un requisito legal norteamericano. No por eso deja de ser una torpeza que vuelve a dejar mal parado al presidente Obama, también ante sus asociados europeos, que rápidamente se han distanciado de ese discurso y sus inevitables consecuencias, añade.

“El imperio se está afincando para tratar de destruir el mal ejemplo que constituye Venezuela, porque hemos resistido durante 16 años todo tipo de amenazas y de acción”, aseveró Roy Chaderton, embajador venezolano ante la OEA. El chileno José Miguel Insulza, saliente secretario general de la OEA, afirmó que el consejo permanente del organismo debe analizar el conflicto entre EE.UU. y Venezuela y “ojalá pueda hacerlo con un espíritu constructivo”. Un saludo a la bandera.

El gobierno cubano se preguntó cómo amenaza Venezuela a EE.UU., a miles de kilómetros de distancia, sin armas estratégicas y sin emplear recursos ni funcionarios para conspirar contra el orden constitucional estadounidense. La declaración de Obama suena poco creíble y desnuda los fines de quienes la hacen, reza el comunicado cubano. Y resalta que nadie tiene derecho a intervenir en los asuntos internos de un Estado soberano ni a declararlo, sin fundamento alguno, como “amenaza” a su seguridad nacional.

Incluso la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD) señaló que “Venezuela no es una amenaza para ningún país. Son las políticas del actual gobierno venezolano las que amenazan y coartan el derecho de nuestros ciudadanos a vivir y progresar en paz”. Mientras, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana pidió “cerrar filas ante la agresión” a Venezuela del gobierno de Estados Unidos, al que acusó de impulsar “desmesuradas acciones injerencistas e imperialistas”.

En años recientes, EE.UU. ha declarado estados de emergencia respecto a países como Ucrania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Yemen, Libia o Somalia. La explicación de que se trata de un procedimiento “legal normal” ya usado con países como Irán, Siria o Birmania, entre otros, lleva a muchos a preguntarse qué paralelos pueden existir entre la situación venezolana y la de gobiernos que Washington consideró hostiles y hasta peligrosos para la paz mundial.

MILITARES Y FISCAL NO GRATOS

Obama incluyó en el anexo de su decreto de “bloqueo de la propiedad y suspensión de entrada de ciertas personas que contribuyen a la situación en Venezuela” a seis militares y una fiscal, Katherine Harringhton. La concentración del ataque de Obama contra los militares no es nueva: hace pocas semanas el blanco fue Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, a quien un ex integrante de la custodia del comandante Chávez acusó en el diario español ABC , de ser un “capo” del narcotráfico.

A algunos sorprendió el incremento repentino de la retórica agresiva contra Venezuela, justo después de la visita de los cancilleres de Unasur a Caracas para promover el acercamiento entre oposición y gobierno. Esa presencia regional significó una derrota política importante para la derecha golpista de Venezuela y para el conjunto de la oposición.

El mensaje fue claro, aunque la prensa hegemónica continental prefirió no difundirlo: Unasur no avalará ningún intento de interrumpir la democracia en Venezuela; todos los Estados, sin excepción, rechazarán cualquier intento de desestabilización del orden interno o externo que se presente en Venezuela; las elecciones parlamentarias (de septiembre) son el mejor medio para dirimir diferencias.

El malestar de los dirigentes golpistas de la oposición venezolana puede explicar que EE.UU. se haya precipitado en este irrespeto a la soberanía venezolana. Parece que les cuesta entender que ya no existe el patio trasero. Se les acaba la paciencia tras esperar casi 16 años que se termine por las buenas (las urnas) o por las malas, este proceso bolivariano. Quizá esté cansado de tanta frustración (y recursos desperdiciados) ante un pueblo que sigue sosteniendo mayoritariamente al gobierno democrático y popular. 

¿UN PROBLEMA DE PACIENCIA?

Lo cierto es que si bien no existen las condiciones objetivas ni subjetivas para una invasión a Venezuela, EE.UU. está creando las condiciones a la espera de una favorable correlación de fuerzas en América Latina y el Caribe, y de un grado de conflictividad social que pueda crearse en Venezuela, resultado de la intensa campaña internacional de terrorismo mediático y, sobre todo, de que las fuerzas sociales y políticas que apoyan la revolución bolivariana sigan unidas.

La intervención armada en la actualidad puede ser de otro tipo, como un bloqueo naval con barcos estadounidenses y no permitir la salida de petróleo venezolano durante algunos meses, lo que fortalecería el golpe económico que se ha venido intentando y, complementada con acciones directas opositoras en lo interno y con paramilitares desde Colombia que podrían provocar una guerra civil. Así, se tendría la excusa para invadir.

El bloqueo a Cuba no se termina y ya se estaría iniciando un nuevo bloqueo a otro país latinoamericano. Por medio de su declaración sobre Venezuela, Obama parece crear condiciones para justificar el uso de fondos públicos estadounidenses para financiar grupos mercenario-terroristas y sus acciones contra objetivos civiles y militares en Venezuela, justificadas en la “responsabilidad de proteger” a supuestos estudiantes y dirigentes opositores que los medios internacionales dicen “son víctimas de la más cruel dictadura”, plan para el cual Washington viene invirtiendo fondos presupuestales en los dos últimos años, sin lograr éxito.

Quizá la transición geopolítica hacia un mundo multipolar incomoda excesivamente al gobierno de EE.UU., sobre todo después de la cumbre Celac-China. Washington no encuentra cómo recuperar su hegemonía unipolar, que comenzara a perder cuando Venezuela inició, a principios de este milenio de la mano de Hugo Chávez, el camino de la integración y la unidad latinoamericano-caribeña. Hugo Chávez ganó cuatro veces consecutivas la disputa presidencial y Nicolás Maduro una.

En Argentina, Néstor y Cristina Kirchner vencieron también en tres ocasiones sucesivas; en Brasil, Lula da Silva ganó dos veces y Dilma Rousseff otras dos; en Bolivia, Evo Morales venció tres veces; en Ecuador, Rafael Correa también logró tres victorias ininterrumpidas; en Uruguay, el Frente Amplio (con Tabaré Vázquez y Pepe Mujica) ganó tres. La oposición en la región sólo ha logrado cambiar de signo político mediante golpes antidemocráticos, tanto en Honduras como en Paraguay. Hasta el momento nunca por la vía electoral.

En Venezuela, ni la muerte de Chávez, ni los dos años complejos en lo económico, ni la caída de los precios del petróleo, ni los intentos de desestabilización mediante las guarimbas con sus muertes, han permitido cambiar el gobierno que hasta el momento es apoyado por la mayoría venezolana cada vez que se acude a una cita electoral. Este es un año de elecciones parlamentarias en Venezuela, y el año próximo se podría convocar a un acto revocatorio. Estados Unidos parece haber tirado la toalla de la vía electoral como lo hizo en 2002 cuando apoyó el golpe contra Hugo Chávez.

Torpeza absoluta si supieran desde el Norte que cada vez que el enemigo de afuera saca sus garras, adentro, en Venezuela, la mayoría social se vuelve a unir, sin fisuras, priorizando esta unión frente a cualquier debate que pueda surgir en relación a los nuevos desafíos internos. Para desesperación de la Casa Blanca, según últimas encuestas realizadas por firmas como Hinterlaces e ICS, el 92% de los venezolanos están en contra del intervencionismo de EE.UU.

Un texto de Aram Aharonian, para Revista Punto Final.

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