jueves, 11 de diciembre de 2014

BREVE ENSAYO SOBRE LA DIFERENCIA (O EL ANACRONISMO DE LA MONARQUÍA)

monarquia
Hay demasiados vicios en la vertebración de este sistema polí­tico, económico y social que acoge o enriquece voluptuo­samente a unos y excluye a otros; hay demasiados vicios como para seguir sosteniendo que éste es el mejor o el menos malo de los sistemas posibles. Pero la principal ponzoña está en su corazón. Está, en su decidido propósito de mantener "las dife­rencias". Todo su entra­mado se levanta sobre la sacralización de las diferencias, naturales y luego sociales, entre los indivi­duos que pueblan las naciones y el planeta. Pues, en lugar de esforzarse por superarlas y corregirlas cuanto sea posible como resulta lógico para los bien nacidos, la idea en sí misma y los mecanismos del sistema actúan precisa­mente en sentido contra­rio acentuando de distintos modos las di­ferencias entre los se­res humanos. 

Claro es que no en todos los países que comparten el sistema hay la misma perversidad en esa filosofía social y en su praxis, pero en todos, el factor de las diferencias sigue siendo decisivo. Desde luego en España la diferencia es el motor del enriqueci­miento brutal de unos cuantos clanes y familias a costa de grandes porciones de población. La ideología neoliberal domi­nante hace de la privatización de lo público su norte hasta la virtual extenua­ción del Estado, y de la diferencia que la desa­rrolla y extiende el nervio de la vida pública y social. 


Podría tolerarse ese principio si la inteligencia natural o culti­vada fuera verdaderamente la generadora de riqueza y de pro­greso para todos. Porque aunque el reparto no fuese justo, al menos jus­tificaría parcialmente la idea de que la diferencia podría funcionar como estímulo del esfuerzo y del esmero. Pero no es así. Al me­nos no es así en España. En España, la producción de muchos de los bienes y de servicios esenciales pasa por la bribonería, genera­dora a su vez de abismales dife­rencias en cuanto a la clase de vida y bienestar de unos seg­mentos de sociedad respecto a otros. Y por si fuera poco, además ahí está la monarquía, paradigma de las di­ferencias. Pues la figura del rey es el espejo en que se miran mu­chos de los que ya están en el poder y de otros que lo tocan con las ma­nos o van tras él. El fasto y privilegios que acompañan a la monarquía marcan la distancia entre la vida del monarca y su séquito, y la del resto. Y la vida de los “elegidos” de los pode­res político, bancario y empresarial no está lejos en desahogo y pre­bendas. Incluso pueden delinquir y apropiarse de dinero público masiva e impunemente. La justicia se hace cómplice al ser con­descendiente. 

¿Y qué justifica esa forma de Estado? Me refiero a la monar­quía. Pues aunque quede lejana en el tiempo, la explicación si­gue estando en su origen divino. Como el papado. Con eso está dicho todo; todo lo que pretende legitimarla. Ello explica tam­bién por qué un poco más abajo de la pirámide social un presi­dente de go­bierno, un ministro y la cohorte siguiente de cargos, un diputado, un jefe de empresa o un rico, aunque sean unos necios redomados, están más legitimados que los demás para enriquecerse más, para creerse en posesión de la verdad, para pontificar y para adoctri­narnos. Sin embargo, cada día que pasa y a pesar de la resistencia, la justificación de la monarquía y del sistema se va desmoronando rápidamente como una roca se va erosionando por el viento o el más duro pedernal se agujerea por el agua y por el tiempo. 

Cada vez está más claro el sinsentido primario de la monar­quía. Y cada día se ve con más nitidez que ni la verdadera inte­ligencia ni la superioridad moral son desde luego en España motor de prosperidad, y menos, igualmente repartida. En Es­paña, más que en ningún sitio, quizá por su fama de ser vivero de pícaros, los y las inteligentes son apartados inmediatamente por los listos al frente de cualquiera de las formas de poder cuando se niegan a se­cundar sus intrigas, sus insidias, sus ma­niobras, sus trapacerías y sus rapiñas. Por ello los y las inteli­gentes sufren de exclusión so­cial, han de diluirse en el anoni­mato o emigrar. En España, los que medran no son ni los inte­ligentes ni los esforzados ni los creativos. Los que descuellan son los hijos del nepotismo, los as­tutos, los que carecen de escrúpulos, los trapisondistas y los ma­quinadores. La sociedad española, regida por necios y oportunis­tas, se resiente dema­siado de la ausencia de los verdaderamente inteligentes. En Es­paña, hasta los ricos que han amasado una co­losal fortuna durante el breve plazo de una vida mediante –ese espécimen del que ellos y sus admiradores repiten una y otra vez, sin pruebas, que se ha hecho a sí mismo –, han de ser necesaria­mente frau­dulentos y deshonestos. Y han de serlo, porque si paga­sen a sus trabajadores según la justicia conmutativa y si declara­sen su base imponible real según la justicia distributiva que encie­rran las leyes fiscales, éstas, aplicadas con el rigor frío que se es­pera de ellas, les impediría enriquecerse del modo extremo que se divulga. Y qué decir de la riqueza súbita a través de la especu­la­ción y de la economía de casino... 

Por otra parte, el Estado español persigue con encono el fraude de bagatela cometido eventualmente por desempleados que como tales perciben una prestación miserable y a salto de mata hacen otras cosas, pero ignora por descuido o delibera­damente a los grandes defraudadores que no sólo sitúan el fruto de su quehacer o su rapiña donde no tributan, sino que además alardean del esfuerzo y la iniciativa de los que, según ellos, los demás care­cen.

Se dirá que acabo de razonar más o menos en claves de so­cia­lismo real, es decir, que hago crítica desde la óptica comunista, pero que el comu­nismo es odioso e indeseable porque se introdujo en Ru­sia, China y otros países tras asesinar a millones de perso­nas. Y puede que sea así, que Karl Marx sea mi referente. Pero, con independencia de todos los argumentos sobre la cuestión de fondo y ciñéndonos ahora a la objeción "víctimas", debemos ser rigurosos en toda comparación. Si sacamos a relucir las víctimas previas del comu­nismo y las ponemos en un platillo de la balanza, hay que poner en el otro el número de todas las víctimas que se ha ido cobrando a lo largo de la historia el mercantilismo y sus va­riantes hasta la explosión del capita­lismo financiero que nos ate­naza. Si no, hay trampa. Habría que contar las que han ido desfi­lando hasta hoy. Empezando por las arrojadas a la hoguera o pa­sadas a cuchillo por religión, venganza o codicia del poder civil o el religioso aso­ciado. Luego añadir las habidas en guerras or­questadas por reyes para los que la guerra era su deporte. Luego, las habidas en la larga conquista del nuevo mundo y las puestas más tarde ante el pa­redón por los usurpadores del poder y del di­nero, y ayer y hoy, las causadas en virtuales genocidios cometidos por invasores y ladrones de paí­ses de otros continentes a los que se les robó y se les roba la energía y todas las materias primas o se les diezmó y se les diezma por meros motivos estratégicos... 

No se empeñen. Lo que pretende justificar las diferencias en­tre los seres humanos (y no sólo entre etnias y sexos), al igual que la monarquía, tampoco ya se tiene en pie. Todo razona­miento que sostenga que el mercado falsamente libre (salvo en lo accesorio), la iniciativa individual y la libre concurrencia son los pilares de la humanidad más avanzada, ya se muestra como aberrante. Porque ni siquiera el sistema es el más avanzado en lo que verdadera­mente interesa a las conciencias elevadas tras tener asegurada la manutención: la cohesión de la sociedad y la fortaleza psicológica y moral de la individualidad. Aberrante, porque si el sistema capitalista ha sido nefasto para miles de millones, el financiero ac­tual redobla toda la miseria, toda la podredumbre y toda la corrupción que contiene un germen di­rigido a potenciar más y más las diferencias entre los humanos, a la destrucción del planeta y a la extinción cercana de la humanidad. Este sistema debe ser abo­lido y las diferencias su­peradas. Urge otro nuevo, y si no hay imaginación capaz de inventarse, regresemos a los fundamentos del pensamiento de Marx minuciosamente revisado. Pero en todo caso ¡delenda est emporium!

Un artículo de Jaime Richart para Rebelión

Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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