miércoles, 9 de julio de 2014

LAS SOMBRAS (Y LOS SILENCIOS) DE VARGAS LLOSA


“Vargas Llosa en manos del censor: las obras del hoy premio nobel sufrieron encontronazos con la dictadura." Así rezaba el encabezado de un artículo del diario El País en la sección de cultura el 28 de Noviembre de 2010. Si uno lo lee superficialmente podría concluir que los disparatados informes de los censores del franquismo, cargados de retrógrada y puritana moralina, convierten necesariamente a Mario en un liberal y un anti-fascista impenitente, defensor a ultranza de la libertad individual y la democracia. 
 
Las afinidades electivas que los grupos mediáticos tienen con determinados escritores, y viceversa, así como la valoración de su vida y obra, no son, nunca azarosas: al periodismo realmente existente le gusta, como le gusta a la política realmente existente, contar los cuentos por la mitad y quedarse en la superficie. El resultado y la intención es siempre el mismo: producir marcos cognitivos y afectivos que condicionen nuestra mirada sobre el mundo, y también, por supuesto, fabricar los gustos culturales hegemónicos, en los que se manifiesta el soft power de la mirada sutilmente impuesta. El silencioso totalitarismo del eufemismo.

Muy diferente es, sin embargo, el encabezamiento de Le Monde diplomatique del 27 de Noviembre de 2010: “Novelista incandescente, doctrinario convulsivo. Los dos Mario Vargas Llosa”. Me sorprende que a Ignacio Ramonet le parezca sorprendente el que se le concediese el premio nobel al escritor Peruano precisamente el año en que justificó el golpe de estado de Honduras: hay azares poco azarosos en este mundo; el caso es que no existe ni una mención, en el artículo de El País, al Vargas Llosa que afirmaba, en la época en la que se relacionaba con García Márquez, Cortázar y Carlos Fuentes, que el único recurso para cambiar las cosas era la lucha armada. Tampoco hay ninguna mención al Vargas Llosa que mostraba una impecable solidaridad con la revolución Cubana, ni al que afirmaba su ferviente deseo de que el socialismo liberara a América Latina de la miseria y la violencia.


Tampoco se menciona, por supuesto, la influencia que la lectura de Camino de servidumbre, de Friedrich Hayek, y La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper, tuvieron en su metamorfosis ideológica: de repente, el defensor de causas perdidas se convirtió, con el furor característico de un neoconverso, en un exaltado defensor del neoliberalismo que idolatraba a Ronald Reagan y Margaret Tatcher, por quien decía sentir, textualmente, una admiración sin reservas. Cuando la dama de hierro perdió el poder en los años 90, el escritor Peruano, ipso facto, le envió un ramo de flores con el siguiente mensaje: “Señora, no hay palabras bastantes en el diccionario para agradecerle lo que usted ha hecho por la causa de la libertad”. 

No debe extrañar, tampoco, el hecho de que no se mencione al Vargas Llosa aspirante a la presidencia de Perú en 1990, duramente derrotado por Fujimori, y que se presentó con un programa 100% Tatcheriano. Tampoco debe extrañar, no, que no se mencione su renovada admiración por José María Aznar, aliado de George W. Bush en la invasión de Irak, tonto útil de Rupert Murdoch y del grupo News Corporation… y condecorado por el JINSA – Jewish National Institute for Nacional Security Affairs –el 13 de Febrero del 2007 por “comprender el peligro del terrorismo internacional”. Ni mucho menos debe extrañar, tampoco, que no se mencione su admiración por Nicolas Sarkozy y Berlusconi, ni su activismo neoliberal como miembro activo de la comisión trilateral que compaginaba con su batalla ideológica contra Castro, Evo Morales, Hugo Chávez y Nestor Kirchner, así como contra todo programa que tuviese un leve olorcillo socialdemócrata.

Los motivos que el jurado alegó para dar el premio nobel de literatura a Vargas Llosa son claros: “Por su cartografía de las estructuras de poder y sus mordaces representaciones de la resistencia, de la revuelta y de la derrota del individuo”. Es una lástima, desde luego, que Don Mario no acometa esa pasión cartográfica y narrativa con la democracia y el capitalismo realmente existentes.

Y es que incluso a la hora de hablar de ficciones, nos delata siempre aquello que éstas silencian u ocultan. Nada debe extrañarnos, en pleno agotamiento de las industrias culturales y mediáticas surgidas al calor del régimen de la transición, del hecho de que las ficciones de Vargas Llosa sean tan silenciosamente maniqueas como la crítica cultural y literaria de los medios más mainstream del Estado.

¿Qué condiciones de posibilidad tendría un boicot estratégico contra los mismos ?

Un artículo de Diego Taboada para Rebelión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario