lunes, 23 de junio de 2014

FELIPE VI, ENTRE EL VACÍO POPULAR Y EL APLAUSO DE LA OLIGARQUÍA


En contra de la desaforada propaganda borbónica por tierra, mar y aire, no ha podido ser más desgraciada la salida a escena del nuevo Borbón. Primero, la abdicación solemne, ante un selecto grupo de políticos, de su padre, quien hasta hace unos meses anunciaba que estaba en perfectas condiciones y que seguiría en el puesto. (Resultaba penosa la escena del secretario general del PSOE, Pérez Rubalcaba, subiendo entre risas las escaleras del palacio real en compañía de Cándido Méndez, secretario general de la UGT).

Después, vino la toma por la policía del centro histórico de Madrid. Más de 7.000 policías y guardias civiles, incluidos los GEOS, fuerzas especiales antidisturbios y francotiradores apostados en las terrazas del trayecto urbano, no tanto para dar seguridad como para amedrentar a la población y no permitir la más mínima protesta ciudadana. Los tribunales en la línea represiva del gobierno prohibieron cualquier manifestación en lugares ajenos al recorrido oficial y hasta aparecieron unas extrañas órdenes de la abogacía del estado considerando peligrosas para el orden público la exhibición de banderas republicanas. ¿Se nota el nuevo aire democrático que trae consigo Felipe? La ocupación policial de Madrid recordaba los viejos tiempos del franquismo, no faltando incluso el control policial preventivo casa por casa y vecino por vecino.

Así que cerrado el espacio aéreo, vigilado el cielo por el sempiterno helicóptero de la policía, añadido al cortejo oficial unidades de caballería de la Guardia Real y varias compañías militares para rendir honores al nuevo monarca, sólo faltaba el aplauso cerrado de las dos cámaras. Todo iba bien hasta que pudimos comprobar que el único que faltaba a tan aristocrática fiesta era el pueblo de Madrid. La llegada a la Gran Vía del Cadillac franquista procedente de El Pardo mostraba una calle casi vacía, a pesar de ser ésta lugar frecuente de paseo tanto de vecinos como de forasteros y turistas que visitan la capital. 

El anunciado discurso de Felipe de Borbón fue una pieza de manida retórica, calculadamente ambiguo en los asuntos centrales y con señuelos diversos para las almas cándidas que esperen todavía una política estatal a favor de las clases populares. Puede resumirse en su eslogan de “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”. Baste contraponer a este lenguaje de juegos florales que las fuerzas económicas que apoyaron a su padre y que lo apoyan a él siguen en la misma línea de expolio al pueblo: ahora defienden una bajada de salarios, mayor facilidad para los despidos de trabajadores con contrato indefinido y un recorte del gasto público. Leo en la prensa de hoy estas dos perlas tan alejadas de la retórica felipista: “España, el país de la OCDE donde más aumentaron las desigualdades de 2007 a 2011”. “Guindos [ministro de Economía] se alinea con Alemania y pide seguir con ajustes y reformas”. ¿Cuándo ha levantado la voz Juan Carlos de Borbón o su hijo Felipe contra los abusos de los bancos y las directrices de la Troika? 

A la vuelta del Congreso de Diputados con la comitiva real en marcha camino de la Plaza de Oriente sobraban coches oficiales, sobraban policías y guardias civiles y faltaban monárquicos: apenas algunos curiosos se acercaban a las protegidas aceras. “Las fotografías desde el aire durante la comitiva real revelan lo que ha sido un secreto a voces desde tierra: la poca afluencia de ciudadanos”(Joaquín Vera en el diario El Mundo). Qué ejemplo de dignidad han dado de nuevo los ciudadanos madrileños haciendo un sonoro vacío al nuevo monarca y de paso a los politicos dinásticos que le niegan la palabra al pueblo. Algunos valientes incluso se han atrevido a desafiar a las autoridades: según informa El Mundo, unos 500 republicanos se han manifestado espontáneamente en la plaza de Tirso de Molina (antes plaza del Progreso), no lejos de Atocha.

De la recepción en el palacio real a la que han asistido 2.000 selectos invitados ha dado buena cuenta la televisión. Lo más granado de la sociedad española estaba allí representada, inclinando sus cabezas los caballeros y haciendo una genuflexión más o menos airosa las damas. Representantes de las instituciones del estado, cargos públicos de todos los niveles (gobierno, comunidades autónomas y municipios), dirigentes del bipartidismo PP/PSOE, diputados, senadores, periodistas de relumbrón, algunos cantantes, varios toreros y unos pocos escritores. Diseminados entre tan selecto publico se encontraba la plana mayor de los banqueros y empresarios, entre ellos Emilio Botín (Banco Santander), Francisco González (BBVA), Isidre Fainé (La Caixa), César Alierta (Telefónica), Isak Andic (Mango), Florentino Perez (ACS) y Juan Rosell (CEOE). A la oligarquía económica propiamente dicha se unía así la oligarquía política que mantiene como puede el “atado y bien atado franquista” con unos cuantos floreros de adorno. Todo en orden como correspondía a un traspaso de poderes de padre a hijo en la más rancia tradición monárquica que ya le repugnaba a los filósofos griegos hace casi 25 siglos. 

Unos pocos centenares de personas, situadas delante de la estatua de Felipe IV en medio de los jardines de Plaza de Oriente, agitaban las banderitas y aplaudían a la gentil pareja. El resto de la amplia plaza se encontraba vacío. Los monárquicos felipistas estaban como en familia: ni siquiera ocupaban la explanada frente al palacio. Qué contraste con los viejos tiempos en que el dictador se asomaba al balcón acompañado del entonces joven príncipe entre los vítores de una muchedumbre de estómagos agradecidos y “camisas viejas falangistas”que llenaban la plaza. 

¡Qué ridículo resulta nombrar a dedo un jefe de estado de espaldas al pueblo y qué asco da esta vieja/nueva política impulsada por los poderes económicos y bendecida por el bipartidismo!

Un artículo de Andrés Martínez Lorca.

Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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