viernes, 4 de abril de 2014

YO ESTUVE ALLÍ (Crónica de un asistente en el bloqueo al Parlament)


Yo estuve allí. Como muchos cientos de indignados, expresando pacíficamente dos estados de ánimo complementarios: la repulsa a unos políticos que a muchos no nos representan hace demasiado tiempo y la expectación, no exenta de entusiasmo, por lo que parecía una eclosión distinta del descontento social. Fui testigo mudo de aquella multitudinaria respuesta a la acertadísima convocatoria para impedir que los diputados, aquel 15 de junio de 2011, pudieran aprobar unos presupuestos que nos iban a convertir en más pobres y más desiguales, como se ha comprobado. Soy algo veterano, llegué tarde e iba solo, però allí había ya una multitud extraordinària de gente, mayoritariamente joven, bloqueando todos los accessos al Parc de la Ciutadella, a bastante distancia de las puertas del Parlament. Los Mossos, en gran número y con todos los bagajes habituales, cerraron el parque porque sabían de antemano la convocatoria de bloqueo. Ellos y el conseller d’Interior, por supuestísimo, eran conscientes de que solo desalojando por la fuerza los accessos podrían garantizar la entrada al parque, y más tarde al Parlament, a todos los diputados. Y también, todos los diputados y todos los partidos, sabían que esa era la única posibilidad para poder celebrar el pleno en condiciones. 

En lugar de eso, la conselleria de Interior apostó a los Mossos dentro y fuera del recinto del parque para asegurarse espacios libres y aconsejó a los diputados el acceso a pie, atravesando aquella muralla humana que estaba allí, bloqueando los accesos, justamente para impedirles la entrada. No era una consigna suicida la del conseller. Todo lo contrario. Era una propuesta provocadora pensada para propiciar lo que podía ocurrir. Lo que, de hecho, era absolutamente lógico que ocurriera. También los partidos eran conscientes de lo que hacían cuando no desaconsejaron a sus diputados que accedieran a pie. Cualquier fuerza de izquierdas auténticamente responsable hubiera aconsejado a los suyos no participar de aquella encerrona de la conselleria. Pero en el Parlament de Catalunya no había fuerzas de izquierda responsable y de ese modo, diputados de uno y otro signo se unieron en la estupidez y en la estulticia.

La conselleria, Puig, y el presidente Mas, querían demostrar que los indignados impedían a los diputados complir con sus obligaciones. Se olvidaban que entre sus obligaciones està también respetar el sentido común que indica que no se debe intentar traspasar un muro humano que està allí precisamente para esa acción de bloqueo, a no ser que quieras poner de manifiesto, provocadoramente, que tu vas a traspasar el muro pese a quien pese y caiga quien caiga.

Yo estuve en la entrada de la calle Wellington cuando el coche del presidente, supuestamente, precedido y escoltado por otros varios, se dio una vuelta por ese acceso. Tenían necesariamente que saber que era impossible pasar por allí —llevaban hores miles de ciudadanos en las calles— si los Mossos no desbloqueban la entrada utilizando la fuerza. Entraron en la calle, con las sirenas a todo trapo, de modo que los manifestantes enseguida se dieron cuenta de que allí debían estar las principales autoridades. Los coches apenas pararon unos segundos, los suficientes para que los más próximos a la caravana del lujo dieran unes cuantas patadas al chasis sin saber muy bien quien iba dentro. Rápidamente tomaron una dirección de salida y allí terminó todo por lo que respecta al president. Luego recibiría muchos silbidos que él ya no pudo oir, porque sobrevolaba en helicóptero un bloqueo humano que en aquella zona consistía mayoritariamente en gente sentada tranquilamente en la calzada, vigilada de cerca por una multitud de mossos fuertemente pertrechados con antidisturbios.

Tuve tiempo de pasearme por las calles adyacentes y ver muy de cerca la vejación a la que fueron sometidos varios diputados inconscientes. No vi puñetazos, ni patadas. Vi insultos gruesos y muchos escupitajos y vi a más de un trajeado impecable resguardarse en un espacio público próximo a las calles bloqueadas, con el traje perdido de salivazos. No me hubiera gustado estar en su piel. Se llevaron en los escupitajos el rencor callado de mucha gente, que se hubieran ahorrado solo con pedirle al conseller Puig un poco menos de frivolidad. Porque hay mucha frivolidad y mala leche en la propuesta del conseller a los diputados y mucha inconsciència en los que trataban de sortear el bloqueo. (A él, desde luego, no se le vio).

Ese día, Felip Puig consiguió el mayor éxito de toda su gestión, puesta gravemente en entredicho con la provocativa expulsión de los acampados de Plaza Catalunya, donde sufrió una derrota en toda regla. Aquí venció. No porque consiguiera con retraso que se reuniera el Parlament. Venció porque la provocación tuvo el efecto deseado. A partir de ese día, el 15-M ya no fue lo mismo. Las críticas vertidas desde todos los extremos —incluso desde aceras próximas que dieron aliento en su día—, disolvió el convencimiento de su progressiva radicalización pacífica, esa que le hubiera llevado a poner en jaque al mismo sistema.

El juicio de estos días es el colofón al movimiento. Lo que se pide para unos pocos es el precio que quieren hacer pagar a cuantos estuvimos allí y a cuantos se sintieron fuertes y distintos gracias al 15-M. Pero a quienes estuvimos allí, no nos engañan. Todo lo que pasó fue premeditado y era imposible que sucediera de otra manera. No solo no nos representan, ahora ya podemos certificar qué clase de gente son. Si nos quieren convencer de que con ellos vamos a parir un nuevo país, un nuevo estado, andan finos. Se lo tendrán que hacer solitos...

Un artículo de Jesús A. Vila.

Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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