domingo, 20 de abril de 2014

GABO. LAMENTO POR UN FALLECIMIENTO ANUNCIADO.


Para Mercedes Iglesias Serrano, que amó su obra, y la leyó con interés, persistencia y admiración.

Como todos o casi todos los complejos poliedros humanos, algunas caras poliéticas de Gabriel García Márquez arrojan sombras o cuanto menos dudas. Un ejemplo: sus encuentros acríticos (y publicitados) con representantes de grandes poderes. No es este ahora el punto, quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Pondré énfasis en otro punto, en un nudo esencial y se la agradeceré siempre, hasta el final de mis días: su amistad con Fidel Castro, su apoyo valiente, decidido, permanente a la revolución cubana, “cuanto todo parecía traicionarla”.

 

Gracias, compañero, gracias, por tu coraje político. Cambio ahora de tercio. 

No estoy en condiciones de decir nada de interés sobre una obra literaria reconocida y premiada por todosque, en mi opinión, en sus últimos años, no siempre estuvo bien y correctamente conducida
Como tantos otros jóvenes de mi edad, finalizado mi PREU, leí a los 17 años, antes de entrar en Exactas, Cien años de soledad. Con la boca abierta, sin cerrarla en ninguna página, pensando que era imposible escribir así. Basilio Losada, mi profesor de Literatura, el traductor de Jorge Amado y Jose Saramago, fue el responsable de que me sumergiera en aquel mundo sin apenas bagaje previo. Nunca se lo agradeceré suficiente. 

Luego vinieron, mi memoria no ha acuñado bien el orden, horas malas, amores en tiempos nada apacibles, coroneles sin cartas y algunos relatos más. Pero fue una novela la que, ya un poco mayor, me marcó con gracia y gravedad que diría Simone Weil. 

He tenido en mi vida tres momentos esenciales en los que he podido sentir la emoción, el deslumbramiento, el impacto psíquico (e incluso físico) que causa la belleza deductiva., la fuerza afable del razonamiento trabado, sin falacias ni infamias intelectuales, la impecable elegancia de la honradez intelectual y la consistencia. 

Uno, de joven, casi a la misma edad que me sumergí en Macondo, cuando escuché algunas conferencias de Manuel Sacristán. Concretamente: “La Universidad y la división del trabajo” (Lo mismo sentí, pocos años después, escuchando a Francisco Fernández Buey y a Ulises Moulines). 

El segundo fue en la Facultad de Físicas de la UAB, estudiando de la mano de Albert Dou los seis primeros libros de los Elementos euclidianos. More geometrico. ¡Qué belleza, qué pulcritud, qué creatividad! 

El tercero, leyendo, releyendo, embrujado para siempre por Crónica de una muerte anunciada. Parecía increíble pero era cierto. Era como un mecanismo perfecto de relojería en el que no faltaba ni sobraba ninguna pieza. Todo fluía, deductivamente, hacia un fin ya anunciado. Como en la demostración de una conjetura matemática. Nadie ni nada es perfecto pero aquello lo era o se aproximaba mucho. 

Años después, en mi ciudad de adopción, en Santa Coloma de Gramenet, vi a La Quadra de Sevilla representando la Crónica. Estuvieron a la altura, siempre están a la altura, releyendo la obra, acaso con más rauxa y con algo menos de seny. No importa, no importó. Abonaban la misma emoción, la misma elegancia, el mismo sentimiento, la misma verdad. Gracias también 

Pude ver a Gabriel García Márquez en una ocasión en Barcelona. No lo conseguí finalmente. Es uno de las errores que no consigo perdonarme. 

Descanse en paz. Nadie hablará de muchos de nosotros cuando hallamos muerto. El autor de tantas obras imprescindibles no merece esa descortesía, ese olvido. No lo tendrá. No por nosotros, no por nosotras, no en nuestro nombre. 

Un artículo de Salvador Lóper Arnal.

Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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