miércoles, 12 de marzo de 2014

FUKUSHIMA, EL RAYO ATÓMICO QUE NO CESA


A la memoria de seis admirables y no olvidados luchadores antinucleares: Manuel Sacristán, Ramón Fernández Durán, Francisco Fernández Buey, Pere de la Fuente, Josep Maria Domingo y Carlos París. 

Tres años después de la hecatombe nuclear nipona es necesario hablar de nuevo de Fukushima. No es fácil. Ni la más que influyente corporación propietaria, TEPCO, ni el gobierno japonés de derecha más que nacionalista facilitan las cosas. Nos movemos, por tanto, en una aproximación que intenta acercarse a la situación real en la medida de nuestras fuerzas. 

Recordemos brevemente lo sucedido.  El accidente se produjo el 11 de marzo de 2011. Un terremoto de grado 9 en la escala Ritcher, al que siguió un tsunami una hora después, generó la destrucción de los sistemas auxiliares de los seis reactores de la central de Fukushima. Se produjo un gravísimo accidente con la fusión de los núcleos de los reactores 1, 2 y 3 (que estaban entonces en funcionamiento) y con severos daños en los otros tres (que estaban en paradas de recarga o de mantenimiento). Se calcula que las emisiones radiactivas alcanzaron el 40% de las que se produjeron en Chernóbil. Se extendieron por el interior de la principal isla japonesa y también por el mar. Además de los seis reactores de la central número 1 se accidentaron los cuatro de Fukushima 2 y los cuatro también de Onagawa.

“Ecologistas en acción” ha hablado de la situación actual del mayor desastre de la industria nuclear hasta el momento en los siguientes términos [1].

La realidad desafía en ocasiones a la estadística, señalan. “Con consecuencias desastrosas en el caso del sector nuclear”. Los cálculos de probabilidades apuntaban “a un accidente grave en el mundo con fusión del núcleo cada 200 años”. Han pasado muchos menos entre los últimos siniestros. El de Fukushima, ha demostrado que “los fenómenos sísmicos y los errores humanos pueden echar por tierra los cómputos teóricos”. Eso sí, tras cada accidente, la industria nuclear, también la española, proclama a los cuatro vientos radiactivos que ha aprendido las lecciones y que las incorporará a los nuevos diseños. Humo, mucho humo publicitario. En el caso de España, el riesgo es aún mayor, con la posible reapertura, se habla estas semanas de ello, de una central vieja y peligrosa, la de Santa María de Garoña, al igual que la instalación de un cementerio nuclear de residuos radiactivos en una zona inestable. 

Entre el accidente de Harrisburg (1979) y el de Chernóbil (1986), recuerdan nuestros amigos ecologistas, pasaron 7 años; de este último al de Fukushima 25. Todo indica “que la probabilidad real de accidente es diez veces mayor que la calculada. No hay garantías de seguridad suficientes para controlar lo incontrolable”, ni siquiera cuando las centrales funcionan normalmente y los organismos reguladores (el CSN en el caso español) hacen, si es el caso que no siempre lo es, su trabajo de forma rigurosa. 

Transcurridos tres años del accidente, la situación sigue siendo catastrófica, “a pesar del tiempo transcurrido y de los medios tecnológicos y económicos de un país como Japón”, la tercera economía del mundo, acaso el segundo o tercer país más avanzado tecnológicamente del mundo. “La gestión en un primer momento fue muy deficiente y siguen registrándose errores de peso. Está siendo necesario recurrir a procedimientos totalmente nuevos para esta lucha desigual contra la radiactividad, lo que muestra lo lejos que estamos de controlar técnicamente la energía nuclear.”

Unas 50 mil personas no han podido volver a sus hogares porque los altos niveles de radiactividad. “Muchos niños se ven forzados a restringir el tiempo que pasan al aire libre para reducir el tiempo de exposición a la radiactividad. Algunos peces y cultivos presentan niveles de radiactividad por encima de los permitidos y deben ser sometidos a controles”. Ya se ha registrado un aumento de cánceres de tiroides en los niños. Hay más elementos en el cuadro dantesco. “La generación de miles de toneladas de agua contaminada, y las frecuentes fugas al mar han motivado que las aguas pesqueras y los ecosistemas marinos se contaminen. Ha sido incluso necesario forrar de cemento el suelo marino cerca de la central”. 

Las últimas fugas más graves, como se recuerda, se han localizado en los tanques de almacenaje del agua procedente de los reactores. TEPCO se ha visto obligada a fabricar “almacenamiento para 800.000 toneladas de agua.” Cuando la radiactividad esté más controlada en el territorio, “será necesario plantearse el futuro de los seis reactores accidentados, especialmente de los números 1, 2 y 3, que sufrieron la fusión parcial o total del núcleo. El combustible gastado, los materiales más radiactivos, está al descubierto dentro de la vasija y su extracción será extremadamente difícil”. Es posible, como algunas voces señalaron desde el primer momento, “que sea necesario sepultar los reactores bajo un sarcófago de hormigón para evitar las enormes dosis radiactivas y el aumento de radiactividad ambiental que implicaría su desmantelamiento”. Solución que, como es sabido, no es definitiva y hay que cuidar y mantener. 

Fukushima ha tenido un impacto importante sobre la industria nuclear que ha visto, no sólo, “como se truncaban sus planes de expansión en muchos países y como se ha reducido su contribución al mix energético mundial (en estos momentos la producción eólica supera con creces a la nuclear)”. Algunos países han anunciado su baja de la industria atómica. Alemania es el ejemplo más destacado. En España (también Cataluña por supuesto, el gobierno de la Generalitat está dirigido y formado por partidos atómicos), la industria nuclear sigue ejerciendo su enorme poder con voz de mando en toda la plaza. Empero, señalan con razón Ecologistas en acción, “la energía nuclear es una tecnología inmadura, a pesar de sus 60 años de existencia”, una tecnología “que todavía no ha resuelto sus problemas técnicos: riesgo de accidente, gestión de los residuos de alta actividad, proliferación nuclear y escasez del combustible.”

Hay muchos motivos para no estar tranquilos. En “50 razones para temernos lo peor de Fukushima” [2], Harvey Wasserman (periodista, escritor, activista por la democracia y defensor de las energías renovables, uno de los estrategas y organizadores del movimiento antinuclear en Estados Unidos) recuerda algunas de ellas. 

HW observa que “en Fukushima han desaparecido los núcleos derretidos pero las emisiones radioactivas siguen secretamente supurando. La dura censura dictatorial de Japón ha ido acompañada de un apagón –exitoso- en los medios corporativos globales a fin de que Fukushima permanezca lejos de la mirada pública.” Pero la realidad básica es, en su opinión, muy simple: “a lo largo de siete décadas, las fábricas de bombas del gobierno [EEUU] y los reactores de propiedad privada han estado arrojando a la biosfera cantidades masivas de radiación. Se desconocen fundamentalmente los impactos de estas emisiones en la salud ecológica y humana porque la industria nuclear se ha negado rotundamente a estudiarlos.” 

La presunción oficial, recuerda HW con toda razón, ha sido siempre señalar que las pruebas de los daños causados por las bombas atómicas y los reactores comerciales eran asunto de las víctimas y no de quienes los perpetran. Obviamente falso e incorrecto. “Esa mentalidad de “no ver el mal y no pagar el daño” data de los bombardeos de Hiroshima hasta llegar a Fukushima y al próximo desastre… que podría estar sucediendo mientras leen estas líneas.” 

Las cincuenta razones preliminares (seleccionamos sólo una parte de ellas) de por qué ese legado radioactivo exige que nos preparemos para lo peor respecto a nuestros océanos, nuestro planeta, nuestra economía y también sobre nosotros mismos serían, en opinión de HW, las siguientes: 

1. “Durante y después de las pruebas con bombas nucleares (1946-1963), a las personas que vivían al alcance de los vientos en el Pacífico Sur y en el oeste de EEUU, además de los miles de “veteranos atómicos” de EEUU, se les dijo que sus problemas de salud provocados por la radiación eran imaginarios… hasta que resultaron completamente irrefutables.” 

2. ”Cuando la doctora británica Alice Stewart demostró (1956) que incluso dosis mínimas de rayos X en mujeres embarazadas podrían duplicar las tasas de leucemia infantil, desde el establishment médico y el nuclear estuvieron atacándola durante treinta años, para lo cual dispusieron de amplia financiación. Se demostró que los hallazgos de Stewart eran trágicamente exactos y eso ayudó a alcanzar un consenso en física sanitaria médica de que no hay “dosis segura” respecto a la radiación… y que las mujeres embarazadas no deberán ser expuestas a rayos X ni a una radiación equivalente.”

3. ”En nuestra ecosfera hay inyectados más de 400 reactores nucleares comerciales sin haber contado con datos significativos que midan su potencial impacto en la salud y en el medio ambiente, y sin establecer ni mantener una base sistemática de datos globales. Fue a partir los incorrectos estudios de la bomba A, iniciados cinco años después de Hiroshima, cuando se conjuraron los niveles de “dosis aceptables” para los reactores comerciales, y en Fukushima, y en más lugares, se ha sido todo lo laxo que se ha podido a fin de salvaguardar el dinero de la industria.” 

4. ”Al negarse a evaluar las consecuencias a largo plazo de las emisiones, la industria está ocultando sistemáticamente los impactos sobre la salud de los accidentes de Three Mile Island, Chernobil, Fukushima, etc., obligando a las víctimas a depender de aislados estudios independientes que automáticamente se consideran “desacreditados”. 

5. ”Al menos 300 Tm de agua radiactiva están vertiéndose cada día en el océano Pacífico, en Fukushima, de acuerdo con las estimaciones oficiales hechas antes de que esos datos se convirtieran en secreto de estado. Hasta donde puede saberse, las cantidades y composición de la radiación que sale de la central constituyen también ahora un secreto de Estado, y las mediciones independientes o las especulaciones públicas se castigan hasta con diez años de prisión. Muchos isótopos tienden a concentrarse a medida que se vierten al aire y al agua, por tanto masas letales de radiación de Fukushima pueden estar emigrando a través de los océanos durante los próximos siglos antes de esparcirse, cuando eso ocurra no será de forma inofensiva. El impacto mundial real de la radiación será aún más difícil de medir en una biosfera cada vez más contaminada,

Mientras Fukushima se deteriora tras una cortina de hierro de secretismo y engaños, necesitamos saber desesperadamente qué están haciendo con nosotros y con nuestro planeta, señala Harvey Wasserman . En su opinión, “la verdad se encuentra en algún punto intermedio entre las mentiras de la industria nuclear y el creciente temor a un Apocalipsis tangible… Fukushima derrama cada día inconmensurables cantidades masivas de radiación letal en nuestra frágil ecosfera y lo seguirá haciendo en las próximas décadas. Cinco reactores nucleares han explotado ya en este planeta pero hay más de 400 que siguen en funcionamiento”.

Otro punto central merece ser destacado y denunciado: la explotación salvaje antiobrera y la hecatombe atómica en Fukushima no están distanciadas . 

Los ciudadanos/as y colectivos de buena voluntad, todavía partidarios de la industria nuclear y de la energía atómica, no por pueril cientificismo, tecnofilia desinformada o por intereses ocultados sino por creencia (inadecuada) de que no hay otra solución factible, por pensar que es la única fuente de energía viable a corto y medio plazo, que el tema de los desechos radiactivos podrá solucionarse en un tiempo razonable y que la seguridad de lo atómico ganará y está ganando muchos enteros tras los últimos desastres (los errores enseñan incluso a las corporaciones núcleo-eléctricas), deberían tal vez fijar su atención en una cara poco comentada que rodea a uno de nuestros mayores desastres industriales. La siguiente: 

Nuevas aristas de la tragedia van saliendo a la luz. Tomamos pie en un artículo de David Jiménez y Makiko Segawa [4] y recordemos el marco global de la situación: TEPCO y el gobierno japonés están llevando a cabo la mayor operación de limpieza radiactiva jamás emprendida en la Historia de la Humanidad, realizando tareas nunca efectuadas hasta el momento. Intentan descontaminar un terreno equivalente a dos veces la extensión de la ciudad de Madrid. “Parques, fachadas, viviendas, plantas, vehículos abandonados y cada centímetro de tierra están siendo descontaminados con el objetivo de hacer habitables ciudades de las que fueron evacuadas cerca de 150.000 personas”. A la vez, centenares de trabajadores siguen luchando por detener las fugas radiactivas de la central, que no ha dejado de verter agua radiactiva al Pacífico. Empero, Fukushima ha dejado de ocupar titulares. Pero sigue estando descontrolada. 

Sin ingresos y durmiendo en la calle, Tsuyoshi Kaneko, 55 años, un trabajador en paro y muy empobrecido, recibió en 2012 la primera oferta de trabajo en mucho tiempo: 80 euros diarios por un puesto de limpieza que se encontraba en una zona altamente radiactiva de la Zona de Exclusión Nuclear. Empezó a trabajar, sin máscara ni traje de protección, “en las labores de descontaminación de la hoy desierta ciudad de Narra”. Tiempo después fue destinado en un puesto de control encargado de medir los niveles de radiactividad de los vehículos que entran y salen de la central atómica accidentada (Recuérdese el caso de Shizuya Nishiyama, un indigente de 57 años. Después de una larga vida trabajando como peón de obra, las empresas constructoras habían dejado de contratarle. Viajó desde Hokkaido con la esperanza de ser contratado en las labores de reconstrucción. Tras un breve contrato temporal volvió a quedarse en la calle y terminó durmiendo entre cartones en la estación de Sendai. Pasó más tarde de reclutado a reclutador, utilizando sus contactos entre los vagabundos de la estación para captar mano de obra. Envió a algunos de sus amigos a trabajos que podían ser peligrosos. “Se llevan parte de tu salario y la situación allí es difícil”, pero, añade, “es mejor ser un trabajador nuclear que dormir en la calle en pleno invierno y sin comida”).

Y a Kaneko le pasó lo que tenía que pasar, la crónica de un desastre anunciado. Empezó a ver nublado, a perder la vista. Ya no puede trabajar y ha sido desechado. “Los médicos no encuentran la causa de mis problemas, pero yo sé que es la radiactividad”. No es el único que ha sufrido daños. “Muchos de los que estábamos allí padecen consecuencias”, asegura Kaneko.

Aquellos “héroes”, aquellos voluntarios de Fukushima que recibieron el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por su ”valeroso y ejemplar comportamiento”, han sido reemplazados: el capitalismo nipón ha entrado en el puesto de mando y ha usado su ejército industrial de reserva. Los ha sustituido por “mendigos, desempleados sin recursos, jubilados en apuros, personas endeudadas o jóvenes sin formación”. Estos últimos trabajan en ocasiones por el equivalente a 5 euros a la hora (menos del salario mínimo en la prefectura de Fukushima). Aquella voluntariedad tiene además caras menos heroicas.
El Príncipe de Asturias de la Concordia de 2011 ha sido uno de los más anónimos. Aunque Japón mandó una representación a recogerlo, la mayoría de los trabajadores que salvaron Fukushima de un desastre mayor no viajaron, no querían desvelar sus nombres. El jurado del Premio los describió como un representantes “de los valores más elevados de la condición humana, al tratar de evitar que el desastre nuclear provocado por el tsunami multiplicara sus efectos devastadores, olvidando las graves consecuencias que esta decisión tendría sobre sus vidas”. Retórica peligrosa ocultista. Algunos de los premiados llegarían a declararse “pilotos kamikazes”, dispuestos a morir por salvar a la patria del peligro. Un momento crítico de la situación se produjo cuando Yoshida, el director de la central ya fallecido, rompió la cultura corporativa de “obedece, trabaja y calla” y disintió de sus “superiores” que desde Tokio le pidieron que dejara de enfriar los reactores con agua del mar porque temían que produjera más pérdidas económicas. ¡Más pérdidas en esos momentos! “Su decisión de ignorarles fue crucial para evitar una fuga radiactiva que habría puesto en riesgo a cientos de poblaciones, desde Fukushima a la capital”. 

Hay más nudos, ninguno de ellos afable. La obligación de deshacerse de quienes han recibido el tope de radiactividad permitida obliga a renovar las plantillas; constantemente, sin fin. Las empresas de reclutamiento contratadas por la corporación, subcontratas pues, subcontratan a su vez y “han delegado la captación de mano de obra barata”, el negocio siempre es el negocio, en la que dicen que es la única corporación japonesa capaz de facilitarla: los yakuza. La mafia, dicen, “más adinerada y secreta del mundo, han pasado a controlar el suministro de empleados, beneficiándose de parte de los 75.000 millones de euros que serán invertidos en recuperar la zona en los próximos años”. ¿Ignoran la situación TEPCO y el gobierno japonés? ¿No saben nada? ¿La vida de un trabajador indigente vale lo mismo que la de un ciudadano cualquiera? 

No es un caso único en la historia reciente nipona. “El hampa controla desde hace décadas el mercado laboral clandestino en Japón. Las familias yakuza tienen la capacidad de movilizar a muchos trabajadores en poco tiempo y a menudo se convierten en la solución para empresas que emprenden grandes proyectos. Las redes criminales se encargan de cobrar los salarios y dan una pequeña parte a los empleados”. En el caso de Fukushima pierden hasta el 80% del extra de peligrosidad que les corresponde. Los trabajadores sin techo sólo cobran los días que trabajan. No tienen seguro médico. Son obligados a pagar su propia comida. No reciben formación. Una vez enferman, como en el caso de Kaneko, son desechados, sin ninguna compensación. El sueldo de Takashi ha caído a la mitad después de que “sus amos mafiosos” decidieran cobrarle hasta su máscara de protección. ¿Libertad de la ciudadanía trabajadora nipona? ¿De qué libertad estamos hablando?

Los indigentes son conducidos a los reactores y otras zonas sensibles de la planta con engaños. Recibían dosis de radiactividad superiores a las permitidas sin llegar a saber siquiera que se encontraban en una instalación nuclear. Varios de ellos han muerto o enfermado de cáncer. Las familias siguen esperando una compensación. No será fácil conseguirla: se enfrentan a algunas de las corporaciones más influyentes de Japón y del mundo. La explotación de los esclavos nucleares se ha agravado.

Obsolescencia de los seres humanos. Según crecían las necesidades de Fukushima, la explotación ha aumentado. Más de 50.000 empleados han pasado ya por la ZEN, la zona de Exclusión Nuclear. Las previsiones apuntan a otros once mil anuales. Muchos trabajadores nipones están desesperados. “Carteles en las ciudades cercanas solicitan empleados, ofreciendo “ingresos adicionales” en comunidades que desde el tsunami ha visto como el desempleo se disparaba”. Tepco, a pesar de la situación, solo consigue cubrir dos tercios de sus necesidades. Ha anunciado que doblará la paga, hasta 140 euros la jornada, la ley de la oferta y la demanda, que construirá un complejo dedicado a mejorar la vida de los obreros. ¡Suena a risa trágica! La empresa, en todo caso, admite que el dinero extra seguirá yendo a las empresas de subcontratación e, indirectamente, a las redes criminales que las controlan [5].
Las dificultades para encontrar personal en un país con una tasa de paro del 4% son buenas noticias para los yakuza. A la capacidad de reclutar a miles de trabajadores suman lo sabido: la intimidación criminal para evitar que abandonen sus puestos. Ni siquiera la enfermedad sirve de excusa. “Empleados de una empresa subcontratada por la constructora Shimizu, una de las concesionarias, aseguran a Crónica que trabajan obligados y bajo la constante amenaza de Yamaguchi, la más poderosa familia de la mafia japonesa”. Sus jefes fijan horarios superiores a los permitidos, amenazan de muerte a los que tratan de escapar y en ocasiones agreden directamente a los empleados. “¡Estamos esclavizados, no recibimos comida o máscaras protectoras! El trabajo de descontaminación es como un gran campo de concentración”, asegura un empleado de la ciudad de Mito. 

Las autoridades anunciaron poco después de la crisis nuclear que las labores de descontaminación serían completadas este año. La fecha se revisó hasta 2017 el pasado mes de diciembre. Antes deberán solucionarse problemas que incluyen qué hacer con la tierra, las plantas o el agua que ha sido removida y que todavía no tiene destino. “Incluso si se logra volver a hacer habitable las 12 ciudades de la Zona de Exclusión Nuclear, los trabajos de desmantelamiento de la central de Fukushima Daiichi llevarían todavía tres décadas más”. 

Una obra para la que Japón ya no podrá contar con sus héroes. Muchos de ellos se sienten engañados después de que su sacrificio quedara en el olvido. Tepco, vale la pena recordarlo, “ha enviado cartas a algunos pidiéndoles que devuelvan las indemnizaciones que recibieron. Los jefes amenazan a los que tratan de escapar”. La mayoría ha tratado de ocultar su identidad: “viven en la zona devastada por el tsunami y temen ser discriminados por su asociación con la empresa a la que se culpa del hundimiento de la región.”

Notas:



Azpijoko ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes 

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