jueves, 27 de febrero de 2014

LA LIQUIDEZ SEGÚN ADAM SMITH, UN EJEMPLO DE CORDURA


(Imanol Glez-Paradela)

Una de las formas más populares para definir una burbuja económica es hacerlo a través de la llamada "teoría del más tonto", en la cual el protagonista absoluto es el carácter continuamente optimista de los participantes en un mercado concreto. Los participantes, llamados tontos, van encontrando nuevos tontos que pagan un precio superior por el activo sobrevalorado. Estos tontos encuentran a su vez a otros más tontos dispuestos a pagar un precio aún mayor.

La teoría del más tonto, una cortina de humo

Hasta que la burbuja estalla. Esto ocurre en el momento en que uno de los más tontos se convierte en el mayor tonto de todos, y es identificable por un hecho claro y concreto: el mayor tonto de todos es aquél que ya no puede encontrar a nadie que pague un precio superior por el activo en cuestión.

Existe la evidencia de que esto no es así, y que la irracionalidad de todos no es la causa última en la creación de una burbuja. Más aún, no es descabellado decir que la mayoría de las burbujas financieras han sido inducidas por los gobiernos, y que la llamada "teoría del más tonto" cumple su objetivo al desviar las culpas de los gobiernos al común de los ciudadanos.

La teoría del crédito comercial

El reconocido economista Adam Smith describió, en su gran obra La riqueza de las naciones, la teoría del crédito comercial. Para Adam Smith, existe un mínimo de consumo absolutamente indispensable y cuya liquidez es incuestionable, puesto que se trata de productos que satisfacen las más urgentes necesidades de las personas.

Este mínimo de consumo, mencionado por Adam Smith, se proyecta a 91 días no por capricho sino porque este espacio temporal, que coincide con la duración de una estación del año, es el plazo final para que los productos sean adquiridos por el consumidor desde los productores a través de los distribuidores.

En los mercados de letras más importantes de aquella época siempre eran rechazadas las letras superiores a 91 días, y los bancos pujaban por las de plazo inferior debido a que este tipo de papel siempre se consideró como el activo más fiable y líquido que un banco podía poseer para equilibrar su balance.

El crédito de un banco es tan bueno como la liquidez de sus activos

Una de las ideas centrales de Adam Smith era que los billetes no podían ser más líquidos que las letras (más conocidas entonces como "real bill"). Esta idea refleja una verdad hoy olvidada: el crédito de un banco es tan bueno o malo como la liquidez de los activos que equilibran su pasivo.

La teoría de liquidez de Adam Smith hacía corresponder la creación de dinero con la llegada de nuevos bienes a los mercados, al tiempo que insistía en que los bancos debían prestar a corto ya que pedían prestado a corto. Teorías de las que la banca fue separándose de forma progresiva.

Nuevas teorías para nuevas prácticas bancarias

Es obvio que las prácticas bancarias actuales están ya muy alejadas de aquél ideal, creándose el dinero más rápido de lo que la llegada de nuevos bienes al mercado justifica, y obteniendo inmensas ganancias procedentes de inversiones especulativas y a largo plazo pero financiadas con deudas a corto plazo.

Desde los tiempos de Adam Smith hasta hoy han ido surgiendo nuevas teorías de la liquidez, pero todas ellas para justificar nuevas prácticas cada vez más arriesgadas. Así, estas teorías subsiguientes deben considerarse más un retroceso que un progreso, sobre todo después de que los bancos se hicieran con el control del mercado de letras.

La redefinición de la liquidez como la ratio entre créditos y depósitos o su identificación con la transferibilidad entre bancos para hacer frente a las necesidades de tesorería fueron los pasos previos a la locura instalada tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se sugirió que "la liquidez bancaria consistía en la capacidad de los prestatarios de pagar las cuotas de sus préstamos y no en su capacidad para liquidar su deuda total".

De las reservas monetarias a las reservas sintéticas

Al igual que en el siglo XX, en el siglo XXI el activo más líquido es el oro; y esto queda demostrado por la enorme cantidad de oro existente comparada con la pequeña producción anual de este metal. Pero el oro fue expulsado como reserva monetaria. Su lugar lo tomaron otro tipo de reservas, ya no sujetas a las limitaciones materiales de un metal ni al concepto de liquidez.

La iliquidez, consecuencia del alejamiento de la realidad

El resultado de este alejamiento del concepto de liquidez es el callejón sin salida en que ahora mismo se encuentran inmersos países y bancos centrales. La burbuja creada con la deuda es una de sus consecuencias. Hoy, el sistema bancario de la mayoría de los países occidentales es crónicamente ilíquido.

Al igual que un drogodependiente, necesita de dosis crecientes de liquidez para mantenerse en pie. Mientras tanto, a los bancos se les permite mantener que sus activos valen mucho más de lo que podrían obtener por su liquidación. El sector financiero ha terminado por desacoplarse de la economía real. Quizás debiera rescatarse la explicación de Hyman Minsk sobre la forma en que los ciclos financieros terminan en un esquema Ponzi.

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